Andalucía Cicloturismo

La doble eme: rutas, altimetrías de puertos de Andalucía… Y mucho más.


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Valdepeñas de Jaén, callejeando por dobles dígitos.

Estado del firme:****

Dureza:*

Volumen de tráfico:**

Consejos y sugerencias: la dureza y explosividad del ascenso invitan a engranar piñones bien dentados. Por lo demás, este repecho no es más que una aceituna en el vasto olivar de puertos que conforma la Sierra Sur jienense: siempre es recomendable hacer ruta.

Calle Farjas, el muro de Valdepeñas.

Un repecho. Un simple repecho por las calles de un pueblo que, sin embargo, ha dilucidado varias victorias de etapa de La Vuelta en sus rampas y que va a servir también de paso camino a las cercanas rampas del Alto de La Pandera.

Valdepeñas de Jaén es una ciudad de origen renacentista, debiendo su fundación al Emperador Carlos I, ni más ni menos, en una época en que, tras La Reconquista, había que repoblar determinadas zonas del territorio tras la conquista del Reino de Granada.

No obstante, en el término municipal se han encontrado -como es habitual en casi toda Andalucía- restos arqueológicos más antiguos que vienen a atestiguar la presencia humana desde la prehistoria y el paso de distintas civilizaciones, como la romana, por ejemplo, o la andalusí en la Edad Media.

Vista panorámica desde la carretera del puerto de Locubín – Collados de Frailes con Valdepeñas de Jaén entre olivos y la Sierra de La Pandera cerrando el paisaje.

La estructura de la ciudad, apartada de otras poblaciones serranas andaluzas, sigue un plano ortogonal -así también otras ciudades de similar origen, como Mancha Real- propio de las repoblaciones de la época, de manera que sus calles forman cuadrículas casi perfectas (téngase en cuenta que Valdepeñas no está emplazada en un llano precisamente).

En la estampa valdepeñera destaca por su elegancia y sobriedad, a más de por su voluminosidad, la iglesia, de corte renacentista, consagrada a Santiago Apóstol, mientras que entre otros monumentos de interés cabe destacar la casa señorial de los Gamboa o la residencia episcopal, restaurada en el s. XVII.

Comenzamos suavemente a las afueras de Valdepeñas.

En lo que respecta a la cuesta, nos hemos ido a las afueras de la ciudad para dotarla de cierta entidad, al menos en lo que respecta a su longitud, ya que la parte dura del repecho, la calle Farjas, apenas llega a 200 ó 300 m. Así pues, viniendo por la carretera de Locubín o Frailes, a poco menos de un kilómetro de Valdepeñas, iniciamos un suave ascenso desde un puentecillo sobre el arroyo de las Viñas. Poco antes de cumplir un primer kilómetro alcanzamos un altillo y u breve descenso nos conduce rápidos hasta el arroyo de Susana, punto en que comenzamos el callejeo por el pueblo, aunque de momento por la calle principal hasta que, al llegar a la Calle Vílchez, giramos a la derecha bruscamente. La pendiente se hace notar, aunque las máximas aún no será infartantes.

Callejeo inicial por la localidad, antes de tomar el giro a la derecha por la calle de Vílchez

Al paso por varias calles que cruzan la vía va a cambiar de nombre pasando a denominarse Calle de Farjas, que es donde nos vamos a encontrar con puntas de hasta el 24%, justo el sitio donde hemos visto retorcerse a los grandes del pedal cuando la etapa a acabado aquí en Valdepeñas.

Aún con pendiente al inicio, en la calle Chaparral la cuesta irá cejando paulatinamente.

Una vez llegamos a la calle Chaparral lo más duro ya habrá pasado y tan sólo nos quedará salir hasta la zona alta del pueblo, donde el polideportivo municipal y un polígono industrial, para comenzar el corto descenso que nos devuelva a la carretera de Jaén por puerto Ranera y Los Villares.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa:

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Puerto Viejo por Fuensanta de Martos, la irresistible atracción de La Pandera.

Estado del firme:***

Dureza:**

Volumen de tráfico:**

Consejos y sugerencias: la Sierra Sur de Jaén, perteneciente a las sierras subbéticas, es una auténtica mina de pequeños y grandes puertos. Lo más recomendable es trazar una ruta incluyendo varios de ellos, aunque con la debida precaución y “respeto” a un terreno que puede hacernos sudar tinta.

Cercanos a coronar Puerto Viejo con la imponente mole nevada de La Pandera dominando el paisaje.

Partiendo del arroyo de la Fuensanta, en un estrecho puentecillo que lo cruza, vamos a remontar ese diseminado de aldeas que constituyen La Ribera, así denominada entre los lugareños, aunque también conocida con el nombre de una de ellas, Vadohornillo.

La carreterilla, siempre muy estrecha y, por momentos, bacheada a lo largo de los primeros cuatro kilómetros del puerto, viene del río Víboras, concretamente de la base de uno de nuestros puertos fetiche de la zona, esa “chuchería” que es el Portillo de la Boca del Álamo.

Camino rural, estrecho, rugoso… Pero en un entorno apacible y tranquilo como pocos.

Desde la Venta del Papero, primera de las cortijadas que nos topamos prácticamente al comenzar a dar pedales, hasta el cruce de Martos la carretera remonta de forma suave, aunque irregular el arroyo, con algún que otro sobresalto en forma de dura rampa y varios descensos. El entorno rural, agradabilísimo, invita siempre al pedaleo alegre en pos de grandes metas: Puerto Viejo, aún distante, no debe ser más que un aperitivo para un posterior asalto a las festoneadas cumbres de la Pandera.

En ruta por la zona, la parada en la fuente es obligada.

Una bajada un tanto más larga y pendiente nos conduce hasta la única fuente que hemos localizado en todo el puerto, concretamente la que se ubica en El Pilar de Reyes, el último de los caseríos previos a la entrada en Fuensanta. Pero antes nos vamos a topar con una rampa constante que alcanza el 12% y que, a la postre, será la más dura de esta vertiente de Puerto Viejo.

Al salir a la carretera de Martos ceja la pendiente, aunque no termina la cuesta, que persiste hasta la entrada del pueblo y aún algo más, antes de un nuevo descansillo.

Al entrar en Fuensanta, por mor de evitar el tráfico en la medida de lo posible, optamos por tomar un giro a la izquierda por una suerte de circunvalación que bordea el pueblo por el norte. Subirán repentinamente nuestras pulsaciones a la par que se empina la calle para, tras algo más de medio kilómetro de esfuerzo, alcanzar el mencionado llanete. Desde aquí, aunque nunca con tanto encanto como varios kilómetros más arriba, contemplamos las calles del pueblo.

Bordeamos Fuensanta por una “ronda norte”.

Fuensanta o, por mejor decir, su término municipal, remonta sus orígenes a un pasado prerromano, concretamente íbero, momento a partir del cual el lugar adquirirá gran importancia estratégica, al estar ubicada la íbera Tucci a caballo entre la sierra y la campiña. Una importancia que no decaerá un ápice tras la conquista romana del sitio ni al correr de los siglos posteriores.

Conserva Fuensanta de su milenario pasado -y aún del más reciente- restos arqueológicos de gran interés, tales como el recinto fortificado del Cerro del Algarrobo o el refugio del Cerro de la Atalaya. De época más moderna destaca, ¿cómo no?, su iglesia, datada en el s. XVI y consagrada a Ntra. Sra. de la Fuensanta. Y, haciendo honor al nombre moderno de la localidad, distintas fuentes jalonan la villa, e incluso cuenta con un balneario conocido popularmente como “El Hotel”.

Una vez abandonado el pueblo, la carretera sube sin descanso durante varios kilómetros ofreciéndonos magníficas panorámicas del entorno.

Un descenso nos reconduce hacia la carretera de Valdepeñas, dejando nuevamente la entrada a Fuensanta a nuestra derecha. Al pasar un puentecillo y una herradura a izquierdas, la carretera va adquiriendo un nuevo cariz: desde aquí y por algo más de tres kilómetros, tendremos que afrontar una cuesta continuada y siempre entre el siete y el ocho por cien. Varias curvas adornarán el trazado de un puerto que poco a poco va remontando el valle dejando el pueblo encajonado en su parte media-baja con el telón de fondo de la Sierra de Ahíllos en un horizonte de color aceituna.

Los olivos empiezan a dar paso a una vegetación más agreste y adaptada al medio.

Una vez que las rampas más fuertes han quedado atrás, el puerto se deja hacer y nuestras miradas, abandonado el valle, van a dirigirse ahora en todo momento hacia la mole de la Pandera. Cierta irresistible atracción -siempre irracional a tenor de la entidad de sus rampas- empezamos a sentir por el coloso jiennense, que parece retarnos desde sus alturas.

Alcanzamos un primer cruce hacia Los Villares, el de la carretera de La Yedra -una variante más dura que la que estamos transitando-, aunque aún nos resta un trecho para alcanzar un puerto que, a partir de este momento, comienza a concedernos demasiada tregua.

La Pandera domina el entorno y despierta en nosotros una atracción casi “irracional”.

No obstante, no podremos cejar en nuestro empeño hasta superar una nueva rampa mantenida al 9% en una zona de altas y bellísimas praderas en que el olivar, como es forzoso, acaba dando paso a una vegetación más agreste y mejor aclimatada a los rigores climáticos.

Recta final con suaves pendientes, casi imperceptibles, hasta coronar.

Así, los dos últimos kilómetros acabarán por convertirse en un agradable paseo hasta coronar en el cruce de la carretera que, a la izquierda baja hacia Los Villares y la capital de Jaén, mientras que a la derecha llanea ligeramente hasta el cruce de La Pandera o termina por adentrarse en la Sierra Sur.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa: