Andalucía Cicloturismo

La doble eme: rutas, altimetrías de puertos de Andalucía… Y mucho más.


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Collado de Canseco por Albondón, “pan, vino y jamón”.

Estado del firme:****

Dureza:***

Volumen de tráfico:***

Consejos y sugerencias: el falso llano inicial es perfectamente prescindible, sobre todo por el volumen de tráfico que soporta, por lo que si venimos desde el Haza del Lino nos evitaremos el tramo. Sea como fuere, el puerto es largo y se termina por hacer duro en cualquier circunstancia.

En pos del Collado de Canseco, desde las cumbres de La Contraviesa, con el Mediterráneo al fondo, tras más de 20 km. de ascenso y sin perder la sonrisa.

Pese a que los primeros kilómetros resultan bastante anodinos e incluso molestos por el tráfico, ya que es zona de constante trasiego de vehículos que van y vienen a los invernaderos, buscamos el punto de inicio más bajo posible, por lo que nos dirigimos hacia la localidad costera de El Pozuelo, una pedanía de Albuñol, y nos situamos junto a unas naves en sus afueras a una cota de 4 m. sobre el nivel del mar, donde mismo iniciamos el ascenso al Cerrajón de Murtas por el Collado, una de las subidas de mayor dificultad de la provincia.

A la salida de El Pozuelo, en un inicio bastante anodino y, si se nos permite decirlo, prescindible.

Precisamente entre invernaderos comenzamos a ascender casi imperceptiblemente durante un par de kilómetros, dejando a un lado el cruce hacia el camino de Vista Alegre-Murtas en primer lugar y, más tarde, el cruce hacia la costera localidad de La Rábita.

Esta población parece tener su origen en la Edad Media, concretamente en la construcción de una fortaleza defensiva, ribat, que también contaba con cierto carácter religioso. En torno a ella surgió el núcleo urbano, siendo el topónimo actual una deformación de esa construcción primitiva. Ampliado a lo largo de la historia con el añadido de varias torres defensivas y restaurado, el castillo de La Rábita es hoy el principal emblema del municipio.

Largas rectas en falso llano, más incómodas por el tráfico que por sus pendientes.

Un giro a derechas, previo al desvío de La Rábita, nos deja de lleno en una zona de larguísimas rectas en que la pendiente tras el paso bajo la nueva y flamante autovía ya se va a colocar en torno al 3,5% prácticamente hasta la salida de Albuñol.

Como casi todo aficionado, practicante o no, consideramos este tramo con un falso llano, cuya pendiente se percibe mejor cuando se realiza en descenso (se suele volar) que en ascenso, a menos -claro está- que sople viento de cara, en cuyo caso a más de hacerse duro físicamente, nos minará nuestro ánimo.

Se trata, además, de un tramo un tanto desangelado en que el blanco de los plásticos flanquea la rambla -de apariencia cuasidesértica- por ambas márgenes. También alguna pequeña población, como Los Castilla o La Tejera, jalona el cauce.

Al entrar en Albuñol optamos por rodearlo por la ronda que circunvala la población por el oeste.

Después de estos largos kilómetros, alcanzamos por fin el pueblo de Albuñol.

De posible origen romano y, aunque se han encontrado restos paleolíticos en la zona, Albuñol descolló en plena Edad Media, concretamente en época andalusí, siendo capital del Gran Cehel. Entre los monumentos del pueblo es su iglesia, consagrada a San Patricio, lo más destacable (obra del s. XVII, aunque se remonta a una obra original del s. XV).

Sin embargo, en la misma entrada del pueblo, una rotonda nos ofrece salida por una variante que esquiva por un lateral la travesía del pueblo, opción que hemos escogido en esta ocasión dejando la visita del pueblo para otro momento.

Albuñol y su rambla entre invernaderos.

Cuando estamos terminando de bordear Albuñol, la pendiente empieza a incrementarse notablemente como preludio de lo que está por llegar de forma inminente, justo al alcanzar una nueva rotonda en la que, abandonando la carretera que continúa hacia Órgiva por el Haza del Lino y tomando la salida hacia Albondón, nos encontremos con rampas continuas. En efecto, el verdadero puerto comienza en este punto y lo cierto es que no va a ofrecer mucho descanso en unos doce kilómetros, en los que la pendiente se va a mantener muy constante entre el seis y el siete por cien.

Entramos en el verdadero puerto y el trazado se vuelve sinuoso, aunque la carretera sigue en perfecto estado. Preciosas vistas de la Rambla de Albuñol.

El trazado de la carretera hace que, a priori, la subida se presente tremendamente atractiva pese a que en su parte inicial la vegetación no luzca demasiado, sobre todo en verano. Pronto dejaremos atrás los últimos invernaderos y alguna curva de herradura nos permitirá, cambiando la dirección de nuestra marcha, disfrutar de buenas panorámicas. Matorral y plásticos irán desapareciendo de las laderas sustituidos, sobre todo en el segundo caso, por almendros, que deben lucir esplendorosos en los albores de la primavera.

La carretera culebrea por la ladera. Sin embargo, el trazado apenas es visible durante el ascenso, siendo durante la bajada el mejor momento para apreciarlo.

La carretera trepa retuerta ladera arriba culebreando de tal manera que, cuando hemos superado varias curvas y observamos su trazado desde arriba, cuesta trabajo a simple vista saber en qué orden y dirección hemos pasado por ellas. No obstante hay que decir que el ancho de la carretera no suele permitirnos demasiada perspectiva hacia nuestra izquierda, de tal manera que dicho trazado se disfruta en mayor medida bajando el puerto por donde mismo lo estamos subiendo.

Los Gálvez y Albondón, más alto, nos sirven de referencia durante el ascenso de estos duros kilómetros.

Mientras intentamos echar un ojo sobre lo que acabamos de ascender, cuando volvemos a mirar al frente, un par de manchas blancas en lo alto de unos cerros vecinos van a llamar toda nuestra atención. Aunque la primera impresión quiere hacernos creer que se trata de un mismo pueblo, pronto percibimos que hay dos caseríos diferentes: el más cercano, también más pequeño, es el de Los Gálvez, una pedanía de Albondón que, por supuesto, es la segunda población, más grande y en una situación prominente. Ambas poblaciones serán nuestra referencia durante esta parte del puerto.

Los Gálvez, a mitad de subida, nos embriaga con su aroma a vino moscatel.

Después de una vaguada a derechas con buena vista panorámica y tras sortear una amplia herradura a izquierdas, vamos a encarar una zona más o menos rectilínea que nos situará en Los Gálvez. Al pasar por la pequeña aldea, nos embriaga el aroma a vino, concretamente a moscatel.

Salimos de una herradura a derechas, la última antes de llegar a Albondón.

Dejamos atrás la pequeña pedanía, que se sitúa en la cuerda de un amplio collado, y continuamos el ascenso por rampas siempre uniformes hasta que una herradura a derechas cambia por un instante la dirección de nuestra marcha y aumenta ligeramente la pendiente para, al punto, conceder un respiro. Una nueva herradura, esta vez a izquierdas, nos va a dejar con la mirada puesta en Albondón, frente por frente a nosotros.

Aunque aún estamos a kilómetro y medio de distancia y pese a que tras el pueblo aún queda mucha tela por cortar, lo cierto es que nos dejamos invadir por la sensación de que estamos a punto de coronar el puerto, como si al llegar a esta pintoresca localidad, se acabara la faena… Pronto comprobaremos que nada había más lejos de la realidad.

Ya casi estamos en Albondón, aunque aún queda mucha tela por cortar.

Un mirador de reciente factura a un par de cientos de metros del pueblo nos da la bienvenida a Albondón.

Como la práctica totalidad de las localidades alpujarreñas, Albondón tuvo su apogeo en época andalusí, hasta que la expulsión de los moriscos tras las revueltas en el S. XVI acabó dejando la población sin habitantes. Su resurgir tardó varios siglos en producirse, concretamente en el s. XIX, merced principalmente a la producción de pasas y vinos, aunque fue efímero. En pleno siglo XXI, la localidad vuelve a destacar por sus productos artesanos, de ahí el emblema “Albondón, pan, vino y jamón”. La uva, la almendra y el higo, tríada de la Contraviesa, son los productos más característicos junto con derivados como el vino, que goza de cierto prestigio.

En el núcleo urbano, típicamente serrano, acostado en la ladera de la montaña, destaca la iglesia consagrada -por sorteo el 12 de junio de 1735, día en que se comenzó la obra- a San Luis Rey de Francia, a quien se homenajea en las fiestas del 24 al 26 de agosto. Su fachada de orden dórico destaca entre las techumbres de la población.

Apenas llegamos a entrar en Albondón, cuando una curva a izquierdas nos saca del pueblo y, al punto, encontramos la primera de las dos fuentes que hemos localizado durante el ascenso.

Sin embargo, cuando nos disponemos a adentrarnos por sus calles, una curva a izquierdas nos sustrae de la travesía para continuar nuestro ascenso siempre por fuera, aunque serpenteando volvemos a trazar una nueva herradura que nos va a dejar en la cuerda de la ladera, a la izquierda del pueblo, en el que volveremos a adentrarnos tímidamente para volver a salir tal como entramos, apenas rozando sus enjalbegadas casas.

Dejando atrás Albondón, comenzamos a divisar y, acto seguido, a rodar por las cumbres de La Contraviesa.

Acabado el culebreo de la carretera en una amplia curva de herradura a derechas en la que la pendiente se dispara hasta el 12%, con el pueblo ya bajo nosotros, comienza a disiparse esa primera impresión que albergábamos de que el puerto acababa en Albondón. Y es que, en efecto, la rampa se ha recrudecido y nuestra mirada dista mucho de encontrar pronta salida a la montaña que tapona el horizonte, sobre todo cuando llegamos junto a una antena y un mirador que parecían desde unos metros atrás coronar un altillo y que no resultaron ser más que eso, apariencia.

El Cerrajón de Murtas, cima emblemática de La Contraviesa. Al fondo asoma tímidamente la almeriense Sierra de Gádor.

Bien es verdad que vamos a encontrarnos con varios descansillos y que poco a poco iremos adquiriendo la sensación de encontrarnos en las cumbres de La Contraviesa, pero pese a las distintas treguas que nos ofrece la carretera, cuando la cuesta se pone seria, nos lo hará pasar verdaderamente mal. Si a ello se une el cansancio acumulado por los kilómetros del puerto y, lo que es aún peor, un más que posible viento de cara podemos acabar sufriendo más de la cuenta.

Precisamente, tras uno de los descansillos más largos en lo que va desde que la subida se puso seria, nos toparemos con la que es, con diferencia, la más sostenida de las rampas del puerto: se trata de unos 600 m. constantes al 10% justo al comenzar el vigesimosegundo kilómetro.

Entre descansillos y repechos asoman tras La Contraviesa las imponentes cumbres de Sierra Nevada.

Sigue avanzando la carretera, ancha, con constantes salidas a ambos lados, caminos o carreterillas que conducen a aldeas anejas de Albondón o incluso a bodegas, siendo la vid desde rato ha una de las principales características del paisaje junto con los almendros, el mar al echar la vista atrás y las cándidas cumbres de Sierra Nevada que parecen emerger de su escondrijo tras las parduzcas lomas de La Contraviesa.

Un kilómetro prácticamente llano nos sirve para avituallarnos y recobrar fuerzas perdidas de cara a la recta final del puerto. Algo más de tres kilómetros y medio nos restan para coronar, siendo la mitad muy similar al verdadero inicio del puerto, justo hasta que llegamos a la Venta del Mediodía, donde encontramos el cruce que nos guía hasta el Haza del Lino y Torvizcón por el Collado de Canseco.

En este cruce, que tomamos hacia la izquierda de la imagen, se encuentra la denominada “Venta del Mediodía”. Abandonamos la carretera ancha y nos disponemos a ganar la cresta de la sierra.

A pesar del nombre, no hemos observado nunca el bullicio propio de un establecimiento hostelero en la Venta del Mediodía y, por desgracia, donde sí que lo había, en la cercana Venta del Tarugo, parece que desde hace un tiempo también ha dejado de existir, por lo que nos olvidamos de un posible repostaje, ya fuese de emergencia, ya de puro relajo.

No resta mucho para coronar el puerto, pero desde luego algunas rampas nos van a hacer exprimirnos a base de bien.

El kilómetro y medio que nos resta para coronar es el que dista desde la mencionada Venta del Mediodía, donde tomamos un cruce a la izquierda (para abandonar la A-345, que continúa hacia Cádiar) camino, como decíamos, del Haza del Lino y Torvizcón. Este trecho final, muy irregular, consta de fuertes rampas -que superan con facilidad el 10%- y descansillos y nos ofrece, quizás, las mejores panorámicas de todo el puerto, toda vez que el giro nos permite con un simple gesto divisar montaña abajo la línea de costa, desde la Sierra de Gádor hasta la de Lújar.

Magníficas vistas desde la cima del Collado de Canseco.

El puerto no viene indicado en ningún cartel, aunque al situarse en el punto más alto de la carretera no parece ofrecer muchas dudas. En cualquier caso, por si sirviera de orientación, poco antes de coronar encontramos un camino terrizo a nuestra derecha.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa:

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Cerrajón de Murtas: el hermano pequeño ha salido respondón.

Estado del firme:**

Dureza:****

Volumen de tráfico:*

Consejos y sugerencias: paciencia y desarrollo adecuado para domeñar un puerto tan largo y con tan fuertes pendientes.

Vista desde el tramo central de tierra de 2,6 km. de longitud.

El “repentismo” en Murtas –en general en la Contraviesa- es un arte bien dominado por los trovadores que en sus cánticos populares improvisan versos en respuesta a los de su contrincante lírico, creando así una suerte de duelo dialéctico cantado con el acompañamiento de música folclórica. Pues bien, imaginemos que, como si de un trovo alpujarreño se tratase, el Cerrajón de Murtas, quizás la cima más emblemática de la Sierra de la Contraviesa, “repentizase” unas rimas en réplica a su hermano mayor, la Sierra de Lújar, y dejemos que el acompañamiento en este caso corra por nuestra cuenta y el de nuestra flaca… Os prometemos que el Cerrajón resultará un “contestatario” de altísimo nivel.

Las ruinas de la Venta del Chaleco desde la carretera que asciende al Cerrajón de Murtas.

Hasta su cima se asciende desde la encrucijada entre Murtas, Turón y Albondón donde aún se encuentran los restos ruinosos de la Venta del Chaleco a casi de 1.300 m. de altitud. Las posibilidades de acceso a Venta del Chaleco viables para nosotros son, pues, diversas y todas ellas de gran belleza y dureza. Sin embargo, ha sido el asfaltado del camino rural “Vista Alegre-Murtas” –aún por concluir en 2,6 km.- lo que ha convertido esta subida en todo un reto para cualquier cicloturista.

El arreglo de este camino rural, con tramos de asfalto y hormigón, nos permite ascender por esta nueva y durísima vertiente de Venta del Chaleco.

Sus números con casi 25 km. de longitud, más de 1.500 m. de desnivel y rampas que superan ampliamente el 20% hablan muy a las claras de la magnitud de la empresa que supone ascender este auténtico coloso.

Anodino inicio juntoa al mar (y los invernaderos) a la salida de El Pozuelo en dirección a Albuñol.

Para ello buscamos el punto de inicio más bajo posible, por lo que nos dirigimos hacia la localidad costera de El Pozuelo, una pedanía de Albuñol, y nos situamos junto a unas naves en sus afueras a una cota de 4 m. sobre el nivel del mar. Entre invernaderos ascendemos casi imperceptiblemente en dirección a la Rábita y Albuñol hasta que llegamos a un cruce en el que se nos advierte que la carretera está cortada. Se trata de una antigua incorporación a la N-340 y es este acceso el que está realmente cortado; sin embargo, nosotros encontramos salida girando a la derecha en una especie de rotondilla y pasando por un túnel bajo la mencionada nacional y la autovía en obras. Nos encontramos ya de lleno en la subida al puerto y, por si quedaran dudas, han colocado un cartelón que nos anuncia el camino de “Vista Alegre-Murtas”.

Al salir del túnel -y en su interior- las rampas se violentan.

Al salir de la rotonda y entrar en el túnel el firme pasa a estar compuesto de hormigón, característica ésta que se repetirá en varias ocasiones, tratándose de una de las peculiaridades de este puerto.

La carretera se ha estrechado (unos 3,5 m. de ancho aproximadamente) y la pendiente se dispara hasta el 20%. Afrontaremos casi 3 km. en que, a pesar de los descansillos, la pendiente media se sitúa ampliamente por encima del 10%.

Cierto que el paisaje en este tramo no acompaña, pero es que difícilmente podremos retirar los ojos del suelo con estas pendientes.

El desangelado paisaje que suponen laderas cubiertas de matorral se completa con continuos invernaderos. Es de suponer que la finalidad del camino sea la de dar salida a los productos que en ellos se cultivan, así que tampoco vamos a quejarnos por ello. Además, las fuertes rampas permiten ganar altura en un pispás, lo que unido al curveo nos hará gozar pronto de unas magníficas vistas sobre la costa y la rambla de Albuñol. Bueno, eso si podemos despegar la mirada del suelo, pues el segundo tramo de hormigón es de los más exigentes… Con rampas al 24% difícilmente podremos perder de vista la carretera.

En el cemento la pendiente se dispara hasta el 24%.

Por suerte se cierra este trecho con un descansillo –el puerto nos ofrece múltiples, como veremos-, aunque apenas nos hemos recuperado del “susto”, cuando vuelven a encenderse las alarmas. Y es que la trepidante continuidad de las empinadas rampas disparará nuestras pulsaciones a pesar de que apenas seamos capaces de rodar a más de 5 ó 6 km./h.

Pedaleamos en vertical por cemento, bastante irregular en este punto, y asfalto hasta coronar la loma del Hornillo, donde pondremos punto y final a este terrible inicio, aunque el puerto no ha hecho más que comenzar.

Ni todos los tramos de cemento son cuesta arriba, ni todos presentan un buen firme. Aquí, evidentemente, vemos un ejemplo de lo segundo.

El siguiente kilómetro, a pesar de que su pendiente media es de apenas un 2%, es de todo menos llano: varios descensos y repechos con fuerte pendiente se suceden. Si bien es cierto que ahora sí que vamos a poder coger aire y soltar las piernas. El entorno más próximo apenas mejora, aunque aparecen las primeras vistas de las cumbres de Sierra Nevada y el pueblo de Albondón encaramado en la Contraviesa. La rambla de Albuñol, tapizada de plástico por doquier queda ya muy abajo.

En la señal de stop llegamos a el cruce hacia La Tejera, una variante de la subida aún por asfaltar completamente. Giramos a la derecha y vuelven las rampas de cemento.

Pero esta relativa comodidad se acaba al llegar al cruce de La Tejera, otra posible variante durísima de este puerto, por cierto, aunque su inicio remonta una rambla y no está asfaltado. En este cruce, el retorno del cemento no puede ser más que nuncio inequívoco de elevados porcentajes: por suerte, tras trazar dos terribles herraduras volvemos a falsollanear.

Pero al punto nos vamos a sumergir en otros 3 km. de considerable dificultad, rampas del 17% y de hasta el 20% en una doble paella nos dejan a las puertas de una de las distintas aldeas que atravesaremos, La Balsilla. El entorno, ahora sí, más hermoso, más rural, por así decir, comienza a atraparnos. Cambiamos los invernaderos por almendros, higueras y, más arriba, por vides: la tríada de la Contraviesa.

Llegamos a La Balsilla, primera de las aldeas que nos encontraremos.

Acelerados por ladridos de perro, dejamos luego la aldea de Casafuerte y nos adentramos en un tramo de cemento de elevada pendiente media, aunque en buen estado, por donde a fuerza de herraduras trepa la carretera sin dar tregua. Por desgracia, antes de coronar el altillo nos vamos a quedar sin hormigón y sin asfalto: los próximos 2,6 km. hasta el término municipal de Murtas están aún por pavimentar, aunque esperamos que no por mucho tiempo.

Herraduras enlazadas en el durísimo kilómetro a casi el 12% de pendiente media por pista cementada.

En cualquier caso, seguimos por una pista de tierra en buen estado y pasamos junto a lo que parece ser un cementerio, de considerable tamaño para lo que son las aldeas cercanas. En efecto, se trata del cementerio de La Ermita, que al decir de los lugareños más ancianos, se trata del más antiguo de toda la comarca. A nosotros, ciertamente, nos ha evocado imágenes propias del spaghetti western.

Junto al cementerio de La Ermita, ya en tierra, iniciamos un corto tramo de descenso.

Descendemos unos cientos de metros hasta el cruce hacia La Ermita, cortijada en la que, según parece, se hallan unos restos de época romana. Pero nosotros vamos a seguir en línea recta para retomar el ascenso hasta coronar la Hoya de Guillén y abandonar el término municipal de Albuñol. A la dificultad intrínseca de pedalear por tierra se añade la fuerte pendiente que en puntos vuelve a situarse en un 20%. Motivo doble de alegría, pues, reentrar en el asfalto.

Viñedos en pleno ascenso a la Hoya de Guillén.

Acogido con entusiasmo el firme, más antiguo e irregular que el del inicio del puerto, buscamos nuestro siguiente objetivo, que no es otro que el de llegar hasta El Collado, aldea que podemos atisbar encaramada a una loma desde el corto descenso de Cerro Cañas. Toca subir más y sufrir mejor, sobre todo al inicio… ¡y aún queda casi la mitad del puerto! Si bien es cierto que lo más duro, excepto por las rampas finales, ya ha pasado. Ha llegado el momento de disfrutar de verdad de una subida como ésta a la vez que empezamos a ser conscientes de su verdadera magnitud.

Descendemos Cerro Cañas y vislumbramos, coronando una loma, las casas de El Collado.

El Collado es una pequeña cortijada aneja a Murtas con poco más de una docena de habitantes, aunque curiosamente fue éste el sitio que escogió como morada el antropólogo suizo Jean Christian Spahni, autor de La Alpujarra, la Andalucía secreta,  mediados los años 50 para adentrarse en la cultura y tradiciones de esta comarca y sus gentes.

Llegamos a El Collado. Cualquiera diría que se trata de una aldea fantasma.

Desde aquí apenas sí quedan un par de kilómetros ascendentes hasta llegar a la GR-6202, que enlaza Turón con Venta del Chaleco. La noticia es que no hay rampas que superen el 10%, que ya es decir. En una herradura a izquierdas, junto a una finca de excepcionales vistas, enlazamos, aunque la subida se prolonga varios cientos de metros más en un espectacular cresteo. Por carretera ancha, aunque rugosa, encontramos, por fin, un descanso digno de llamarse así antes de afrontar la subida hasta Venta del Chaleco: 1,5 km. de descenso dan paso a poco menos de 2 de km. que rondan siempre el 8% de pendiente media.

Ya en la GR-6202, carretera más ancha, camino de Venta del Chaleco.

Una amplia herradura a izquierdas nos sitúa a 1.317 m. de altitud, punto en que coronamos, con el Cerrajón de frente, uno de los puertos de paso más duro de toda la península, si bien hasta el cruce en que se hallan los restos de la antigua venta habrá que descender.

Coronamos Venta del Chaleco, unos cientos de metros antes del lugar donde se ubican los restos de la antigua venta.

Pero, siempre que se puede seguir subiendo más alto, allá que vamos: y es que un cartel en el mismo cruce nos indica el camino hasta el mirador del Cerrajón. Inicialmente el asfalto está deteriorado, aunque justo cuando se pone peor, nos desviamos a la derecha por una pista impecablemente cementada. Una tregua da paso a rampas de consideración y a un nuevo cambio del paisaje, pues nos adentramos en un joven pinar de repoblación: es así como las únicas sombras de todo el puerto las hallamos al final.

Seguimos subiendo por la pista cementada que accede hasta el mirador de El Cerrajón de Murtas.

Nos toparemos con varios cruces hormigonados, el primero a izquierdas se pierde en alguna cortijada, el segundo a derechas baja hasta Murtas. Al poco se allana la pista y de inmediato llegamos a una antena. Aquí podríamos dar por concluido nuestro ascenso, pues para seguir subiendo, habremos de hacerlo por una pista de tierra que, si bien es cierto que alterna tramos de cemento –el último de extrema dureza-, no se encuentra en buen estado. Pero como sólo restan 600 m. hasta el mirador del Cerrajón, decidimos seguir hasta su cima, aunque haya que descabalgar en algún punto… No hemos nadado tanto para morir en la orilla.

Los últimos 500 m. de ascenso alternan tramos de tierra prácticamente impracticables con tramos de cemento en buen estado. A pesar del aspecto que presenta, merece la pena caminar un poco.

Y es que, una vez arriba, no nos vamos a arrepentir de haber llegado hasta allí pese a todo: espectaculares fotografías de toda la Alpujarra, con la mayoría de sus municipios a la vista… “Alpujarra es todo aquello que se ve desde el Cerrajón de Murtas”, (Pedro Antonio de Alarcón): el Mediterráneo al Sur y en días claros África; al Norte Sierra Nevada; al Este el embalse de Benínar con la Sierra de Gádor y al Oeste las de Tejeda, Almijara, el Chaparral y Lújar.

Se nos termina la carretera a la vez que la montaña, no sin despedirnos con una rampa de más del 20%.

Esta última, reconocible fácilmente por sus antenas, parece seguir retándonos desde la distancia… Pero nosotros, a decir verdad, hemos tenido suficiente “trovo” por esta vez.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa: