Andalucía Cicloturismo

La doble eme: rutas, altimetrías de puertos de Andalucía… Y mucho más.


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Collado de Canseco por Albondón, “pan, vino y jamón”.

Estado del firme:****

Dureza:***

Volumen de tráfico:***

Consejos y sugerencias: el falso llano inicial es perfectamente prescindible, sobre todo por el volumen de tráfico que soporta, por lo que si venimos desde el Haza del Lino nos evitaremos el tramo. Sea como fuere, el puerto es largo y se termina por hacer duro en cualquier circunstancia.

En pos del Collado de Canseco, desde las cumbres de La Contraviesa, con el Mediterráneo al fondo, tras más de 20 km. de ascenso y sin perder la sonrisa.

Pese a que los primeros kilómetros resultan bastante anodinos e incluso molestos por el tráfico, ya que es zona de constante trasiego de vehículos que van y vienen a los invernaderos, buscamos el punto de inicio más bajo posible, por lo que nos dirigimos hacia la localidad costera de El Pozuelo, una pedanía de Albuñol, y nos situamos junto a unas naves en sus afueras a una cota de 4 m. sobre el nivel del mar, donde mismo iniciamos el ascenso al Cerrajón de Murtas por el Collado, una de las subidas de mayor dificultad de la provincia.

A la salida de El Pozuelo, en un inicio bastante anodino y, si se nos permite decirlo, prescindible.

Precisamente entre invernaderos comenzamos a ascender casi imperceptiblemente durante un par de kilómetros, dejando a un lado el cruce hacia el camino de Vista Alegre-Murtas en primer lugar y, más tarde, el cruce hacia la costera localidad de La Rábita.

Esta población parece tener su origen en la Edad Media, concretamente en la construcción de una fortaleza defensiva, ribat, que también contaba con cierto carácter religioso. En torno a ella surgió el núcleo urbano, siendo el topónimo actual una deformación de esa construcción primitiva. Ampliado a lo largo de la historia con el añadido de varias torres defensivas y restaurado, el castillo de La Rábita es hoy el principal emblema del municipio.

Largas rectas en falso llano, más incómodas por el tráfico que por sus pendientes.

Un giro a derechas, previo al desvío de La Rábita, nos deja de lleno en una zona de larguísimas rectas en que la pendiente tras el paso bajo la nueva y flamante autovía ya se va a colocar en torno al 3,5% prácticamente hasta la salida de Albuñol.

Como casi todo aficionado, practicante o no, consideramos este tramo con un falso llano, cuya pendiente se percibe mejor cuando se realiza en descenso (se suele volar) que en ascenso, a menos -claro está- que sople viento de cara, en cuyo caso a más de hacerse duro físicamente, nos minará nuestro ánimo.

Se trata, además, de un tramo un tanto desangelado en que el blanco de los plásticos flanquea la rambla -de apariencia cuasidesértica- por ambas márgenes. También alguna pequeña población, como Los Castilla o La Tejera, jalona el cauce.

Al entrar en Albuñol optamos por rodearlo por la ronda que circunvala la población por el oeste.

Después de estos largos kilómetros, alcanzamos por fin el pueblo de Albuñol.

De posible origen romano y, aunque se han encontrado restos paleolíticos en la zona, Albuñol descolló en plena Edad Media, concretamente en época andalusí, siendo capital del Gran Cehel. Entre los monumentos del pueblo es su iglesia, consagrada a San Patricio, lo más destacable (obra del s. XVII, aunque se remonta a una obra original del s. XV).

Sin embargo, en la misma entrada del pueblo, una rotonda nos ofrece salida por una variante que esquiva por un lateral la travesía del pueblo, opción que hemos escogido en esta ocasión dejando la visita del pueblo para otro momento.

Albuñol y su rambla entre invernaderos.

Cuando estamos terminando de bordear Albuñol, la pendiente empieza a incrementarse notablemente como preludio de lo que está por llegar de forma inminente, justo al alcanzar una nueva rotonda en la que, abandonando la carretera que continúa hacia Órgiva por el Haza del Lino y tomando la salida hacia Albondón, nos encontremos con rampas continuas. En efecto, el verdadero puerto comienza en este punto y lo cierto es que no va a ofrecer mucho descanso en unos doce kilómetros, en los que la pendiente se va a mantener muy constante entre el seis y el siete por cien.

Entramos en el verdadero puerto y el trazado se vuelve sinuoso, aunque la carretera sigue en perfecto estado. Preciosas vistas de la Rambla de Albuñol.

El trazado de la carretera hace que, a priori, la subida se presente tremendamente atractiva pese a que en su parte inicial la vegetación no luzca demasiado, sobre todo en verano. Pronto dejaremos atrás los últimos invernaderos y alguna curva de herradura nos permitirá, cambiando la dirección de nuestra marcha, disfrutar de buenas panorámicas. Matorral y plásticos irán desapareciendo de las laderas sustituidos, sobre todo en el segundo caso, por almendros, que deben lucir esplendorosos en los albores de la primavera.

La carretera culebrea por la ladera. Sin embargo, el trazado apenas es visible durante el ascenso, siendo durante la bajada el mejor momento para apreciarlo.

La carretera trepa retuerta ladera arriba culebreando de tal manera que, cuando hemos superado varias curvas y observamos su trazado desde arriba, cuesta trabajo a simple vista saber en qué orden y dirección hemos pasado por ellas. No obstante hay que decir que el ancho de la carretera no suele permitirnos demasiada perspectiva hacia nuestra izquierda, de tal manera que dicho trazado se disfruta en mayor medida bajando el puerto por donde mismo lo estamos subiendo.

Los Gálvez y Albondón, más alto, nos sirven de referencia durante el ascenso de estos duros kilómetros.

Mientras intentamos echar un ojo sobre lo que acabamos de ascender, cuando volvemos a mirar al frente, un par de manchas blancas en lo alto de unos cerros vecinos van a llamar toda nuestra atención. Aunque la primera impresión quiere hacernos creer que se trata de un mismo pueblo, pronto percibimos que hay dos caseríos diferentes: el más cercano, también más pequeño, es el de Los Gálvez, una pedanía de Albondón que, por supuesto, es la segunda población, más grande y en una situación prominente. Ambas poblaciones serán nuestra referencia durante esta parte del puerto.

Los Gálvez, a mitad de subida, nos embriaga con su aroma a vino moscatel.

Después de una vaguada a derechas con buena vista panorámica y tras sortear una amplia herradura a izquierdas, vamos a encarar una zona más o menos rectilínea que nos situará en Los Gálvez. Al pasar por la pequeña aldea, nos embriaga el aroma a vino, concretamente a moscatel.

Salimos de una herradura a derechas, la última antes de llegar a Albondón.

Dejamos atrás la pequeña pedanía, que se sitúa en la cuerda de un amplio collado, y continuamos el ascenso por rampas siempre uniformes hasta que una herradura a derechas cambia por un instante la dirección de nuestra marcha y aumenta ligeramente la pendiente para, al punto, conceder un respiro. Una nueva herradura, esta vez a izquierdas, nos va a dejar con la mirada puesta en Albondón, frente por frente a nosotros.

Aunque aún estamos a kilómetro y medio de distancia y pese a que tras el pueblo aún queda mucha tela por cortar, lo cierto es que nos dejamos invadir por la sensación de que estamos a punto de coronar el puerto, como si al llegar a esta pintoresca localidad, se acabara la faena… Pronto comprobaremos que nada había más lejos de la realidad.

Ya casi estamos en Albondón, aunque aún queda mucha tela por cortar.

Un mirador de reciente factura a un par de cientos de metros del pueblo nos da la bienvenida a Albondón.

Como la práctica totalidad de las localidades alpujarreñas, Albondón tuvo su apogeo en época andalusí, hasta que la expulsión de los moriscos tras las revueltas en el S. XVI acabó dejando la población sin habitantes. Su resurgir tardó varios siglos en producirse, concretamente en el s. XIX, merced principalmente a la producción de pasas y vinos, aunque fue efímero. En pleno siglo XXI, la localidad vuelve a destacar por sus productos artesanos, de ahí el emblema “Albondón, pan, vino y jamón”. La uva, la almendra y el higo, tríada de la Contraviesa, son los productos más característicos junto con derivados como el vino, que goza de cierto prestigio.

En el núcleo urbano, típicamente serrano, acostado en la ladera de la montaña, destaca la iglesia consagrada -por sorteo el 12 de junio de 1735, día en que se comenzó la obra- a San Luis Rey de Francia, a quien se homenajea en las fiestas del 24 al 26 de agosto. Su fachada de orden dórico destaca entre las techumbres de la población.

Apenas llegamos a entrar en Albondón, cuando una curva a izquierdas nos saca del pueblo y, al punto, encontramos la primera de las dos fuentes que hemos localizado durante el ascenso.

Sin embargo, cuando nos disponemos a adentrarnos por sus calles, una curva a izquierdas nos sustrae de la travesía para continuar nuestro ascenso siempre por fuera, aunque serpenteando volvemos a trazar una nueva herradura que nos va a dejar en la cuerda de la ladera, a la izquierda del pueblo, en el que volveremos a adentrarnos tímidamente para volver a salir tal como entramos, apenas rozando sus enjalbegadas casas.

Dejando atrás Albondón, comenzamos a divisar y, acto seguido, a rodar por las cumbres de La Contraviesa.

Acabado el culebreo de la carretera en una amplia curva de herradura a derechas en la que la pendiente se dispara hasta el 12%, con el pueblo ya bajo nosotros, comienza a disiparse esa primera impresión que albergábamos de que el puerto acababa en Albondón. Y es que, en efecto, la rampa se ha recrudecido y nuestra mirada dista mucho de encontrar pronta salida a la montaña que tapona el horizonte, sobre todo cuando llegamos junto a una antena y un mirador que parecían desde unos metros atrás coronar un altillo y que no resultaron ser más que eso, apariencia.

El Cerrajón de Murtas, cima emblemática de La Contraviesa. Al fondo asoma tímidamente la almeriense Sierra de Gádor.

Bien es verdad que vamos a encontrarnos con varios descansillos y que poco a poco iremos adquiriendo la sensación de encontrarnos en las cumbres de La Contraviesa, pero pese a las distintas treguas que nos ofrece la carretera, cuando la cuesta se pone seria, nos lo hará pasar verdaderamente mal. Si a ello se une el cansancio acumulado por los kilómetros del puerto y, lo que es aún peor, un más que posible viento de cara podemos acabar sufriendo más de la cuenta.

Precisamente, tras uno de los descansillos más largos en lo que va desde que la subida se puso seria, nos toparemos con la que es, con diferencia, la más sostenida de las rampas del puerto: se trata de unos 600 m. constantes al 10% justo al comenzar el vigesimosegundo kilómetro.

Entre descansillos y repechos asoman tras La Contraviesa las imponentes cumbres de Sierra Nevada.

Sigue avanzando la carretera, ancha, con constantes salidas a ambos lados, caminos o carreterillas que conducen a aldeas anejas de Albondón o incluso a bodegas, siendo la vid desde rato ha una de las principales características del paisaje junto con los almendros, el mar al echar la vista atrás y las cándidas cumbres de Sierra Nevada que parecen emerger de su escondrijo tras las parduzcas lomas de La Contraviesa.

Un kilómetro prácticamente llano nos sirve para avituallarnos y recobrar fuerzas perdidas de cara a la recta final del puerto. Algo más de tres kilómetros y medio nos restan para coronar, siendo la mitad muy similar al verdadero inicio del puerto, justo hasta que llegamos a la Venta del Mediodía, donde encontramos el cruce que nos guía hasta el Haza del Lino y Torvizcón por el Collado de Canseco.

En este cruce, que tomamos hacia la izquierda de la imagen, se encuentra la denominada “Venta del Mediodía”. Abandonamos la carretera ancha y nos disponemos a ganar la cresta de la sierra.

A pesar del nombre, no hemos observado nunca el bullicio propio de un establecimiento hostelero en la Venta del Mediodía y, por desgracia, donde sí que lo había, en la cercana Venta del Tarugo, parece que desde hace un tiempo también ha dejado de existir, por lo que nos olvidamos de un posible repostaje, ya fuese de emergencia, ya de puro relajo.

No resta mucho para coronar el puerto, pero desde luego algunas rampas nos van a hacer exprimirnos a base de bien.

El kilómetro y medio que nos resta para coronar es el que dista desde la mencionada Venta del Mediodía, donde tomamos un cruce a la izquierda (para abandonar la A-345, que continúa hacia Cádiar) camino, como decíamos, del Haza del Lino y Torvizcón. Este trecho final, muy irregular, consta de fuertes rampas -que superan con facilidad el 10%- y descansillos y nos ofrece, quizás, las mejores panorámicas de todo el puerto, toda vez que el giro nos permite con un simple gesto divisar montaña abajo la línea de costa, desde la Sierra de Gádor hasta la de Lújar.

Magníficas vistas desde la cima del Collado de Canseco.

El puerto no viene indicado en ningún cartel, aunque al situarse en el punto más alto de la carretera no parece ofrecer muchas dudas. En cualquier caso, por si sirviera de orientación, poco antes de coronar encontramos un camino terrizo a nuestra derecha.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa:

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Puerto Camacho – Haza del Lino (por río Guadalfeo), paso entre sierras.

Estado del firme:****

Dureza:***

Volumen de tráfico:**

Consejos y sugerencias: siempre es aconsejable hacer ruta por la zona, ya que se pueden enlazar puertos casi sin proponérselo.

Cercanos a coronar Puerto Camacho con el cortijo abajo presidiendo el Barranco del Alhayón y Sierra Nevada como telón de fondo.

Que una de las vertientes más flojitas del Haza del Lino se pueda considerar perfectamente como un puerto de primera categoría habla a las claras de la dureza de este emblemático paso montañoso que se ubica en la Sierra de la Contraviesa, al pie mismo de su más alta cima, el Cerro de la Salchicha, en cuyas alturas se ha hecho dueño y señor el alcornoque.

Quizás la más “flojita” junto a la opuesta vertiente que procede de Albuñol (más larga y tendida, pero no inferior en dureza) es la subida que desde el río Guadalfeo remonta hasta el collado que media entre las sierras de Lujar y la de La Contraviesa, el Puerto Camacho, para luego, mediado breve descenso, continuar trepando un corto trecho hasta el Haza del Lino.

Precisamente podemos hablar de dos mitades claramente diferenciadas, ya que en los 12 km. hasta el Camacho el ascenso es muy regular y constante en sus pendientes, siempre próximas al 7% media, una media que alcanzaría holgadamente de no contar con algún breve descansillo que trunca el ascenso en su mitad. Después, un corto y rápido descenso de apenas kilómetro y medio nos va a situar, como un gozne que bate la puerta entre la Sierra de Lujar y La Contraviesa, en la segunda parte de la subida, casi un apéndice del puerto anterior y más irregular, sobre todo por contar con un inicio ciertamente “titubeante” y un falso llano previo a coronar.

El elegante puente de los Siete Ojos nos permite atravesar la rambla del Guadalfeo. En la otra orilla, a la izquierda de la imagen, comienza el puerto.

Para situar su inicio, junto al río Guadalfeo, venimos desde la localidad de Órgiva en rápido descenso hasta alcanzar la ribera y atravesar el curso fluvial por el “puente de los siete ojos”, justo donde se pueden iniciar las subidas a Cáñar y a Capileira. Ya en la otra orilla, la carretera nos brinda la posibilidad de escoger dos caminos, a la derecha hacia Vélez de Benaudalla o a la izquierda hacia Albuñol, Torvizcón y Cádiar, que es el camino que habremos de seguir.

De inmediato comienza el ascenso que, sin mediar respiro, nos muestra sus “credenciales”: la cuesta se va a situar de inmediato por encima del 7% sin dejar respiro hasta pasado el primer kilómetro y medio. En este punto las rocosas faldas de la Sierra de Lújar están pobladas de un tímido pinar que aflora entre matorral bajo. Estas sierras presentan un aspecto muy desangelado, debido a la histórica deforestación que ha sufrido por la acción humana, tanto por la antigua explotación de los recursos madereros (el topónimo “Los Tablones” -o actualmente “Tablones” a secas- responde sin duda a esta otrora floreciente actividad), como por la proliferación de incendios en la zona.

La Sierra de Lújar ha sufrido y sufre la deforestación merced a la mano humana.

Con el Guadalfeo a nuestra izquierda remontamos su valle, que en este punto se abre majestuoso hacia las altas cumbres de Sierra Nevada, con frecuencia cubiertas de nieve pese a tratarse de su ladera meridional, y las sutiles pinceladas blancas que semejan desde aquí abajo los hermosísimos pueblos que conforman sobre el lienzo de la sierra la comarca denominada como Alpujarra.

El brevísimo descanso es continuado por cuatro kilómetros seguidos por encima del 7%. Por suerte la carretera, en buen estado, no dificulta el pedaleo más de lo que es propio por la pendiente y, una vez que hemos conseguido estabilizar un ritmo que nos resulta cómodo, percibimos cómo ganamos metros sobre lo más profundo del valle.

Llegamos a “El Empalme”. Seguimos por la carretera de la derecha, más estrecha, aunque en buen estado.

Antes de concluir este tramo, algo más sinuoso que el inicial, llegamos a “El Empalme”, donde dejaremos a la izquierda la carretera A-348 para tomar la A-4131, que se adentra en la Contravíesa vía puerto Camacho. La A-348 continúa remontando el valle del Guadalfeo a menor altitud atravesando La Alpujarra de Oeste a Este.

Aún ha de seguir ascendiendo la carretera -como decíamos-, aunque ahora más estrecha, después de la encrucijada de caminos hasta alcanzar un colladito que da salida a la angostura en que nos hemos introducido sin apenas percibirlo.

Paredes de piedra escoltan la marcha por el Barranco del Alhayón.

Repentinamente hemos abandonado las inmediaciones del Guadalfeo posicionándonos en la rambla del Alhayón, cuyas profundas barranqueras nos ofrecen -sobre todo en su cabecera- unas estampas de excepcional belleza siempre aderezadas por las altas crestas de Sierra Nevada y por una colorida vegetación riparia. Especialmente esplendorosos se ven los almendros cuando abren su flor en las primeras fechas de la primavera.

Poco después continúa la subida hasta una curva muy cerrada a derechas donde otra breve pausa nos concede una merecida tregua y nos permite poner la mirada en una cercana casona, que no es otra cosa que el Cortijo de Camacho, cuya denominación se ha desplazado hasta el collado que media entre la Sierra de Lújar y la Contraviesa, el punto más bajo entre ambas montañas: el Puerto Camacho.

El Cortijo de Camacho, rodeado de almendros, domina buena parte del ascenso.

Apuramos el cortísimo descenso y tras una vaguada la carretera volverá a empinarse paulatinamente hasta situarse en torno al 8%, cifra que se mantendrá durante casi tres kilómetros, que han resultado ser los más duros de todo el puerto. Cruzamos el barranco del Alhayón por el puente de Camacho y, al punto, ya estamos en la herradura a derechas donde se sitúa la cortijada, formada por varios edificios entre los que alguno se encuentra en estado ruinoso.

Antepenúltima herradura del puerto. Junto a una cortijada nos topamos con la Fuente de los Cantares, única en todo el ascenso.

Al abandonar la curva adivinamos, allá donde las montañas se juntan, la salida de la carretera, es decir, el collado de puerto Camacho. La carretera se ha situado ya en las laderas de la Contraviesa, concretamente en las del Cerro Camacho, abandonando definitivamente las de Sierra de Lújar. Por éstas va a subir de forma más o menos rectilínea apenas adornada por alguna herradura al inicio y una terna más cerca de coronar, siendo en esta antepenúltima paella donde nos vamos a encontrar con la única fuente de todo el ascenso.

Ver tan cercano el puerto es un buen acicate para continuar el pedaleo en esta zona que se nos hace ciertamente dura hasta que precisamente en las curvas finales la pendiente nos ofrezca una tregua previa al corto descenso. Y, así, coronamos en un punto prácticamente llano, resultando incluso algo complejo situar el cambio de aguas antes de que la bicicleta acabe por lanzarse sin la necesidad de nuestro impulso.

Recién coronado Pto. Camacho, nos topamos con el cruce hacia Olías y las antenas de Lújar.

Pronto, a la derecha, dejaremos el cruce hacia Olías y hacia las antenas de la Sierra de Lújar. En el primer caso la carretera continúa descendiendo, en el segundo subiendo, aunque ninguna de las dos carreteras tiene salida asfaltada. Es una lástima también el estado del asfalto de Lújar, ya que se trata de una de las subidas más impresionantes y duras de la geografía granadina -que no es cosa baladí- ya se venga del Guadalfeo, ya sobre todo de la costa.

Dejamos que la bicicleta gane velocidad mientras echamos mano de algún alimento y nos deleitamos con el escenario que nos ofrece la carretera hasta alcanzar los cruces hacia Fregenite y Alcázar, punto en que empieza la segunda parte de la subida, la que nos conduce hasta el Haza del Lino.

Vistazo hacia atrás desde el Pinar de los Gallegos.

Ya en el descenso hemos podido observar un pinar acostado en la ladera del Cerro de la Salchicha, justo en la margen izquierda de la carretera. Y por ahí vamos a trepar de inmediato, aunque sin grandes rampas de momento.

La carretera, que más arriba se convertirá en un constante mirador hacia el Mediterráneo, ofrece algún recodo donde hacer un alto y detenerse a echar un vistazo: impresionan las zetas que traza la vieja carretera del repetidor de Lújar y las cortijadas que se divisan ladera abajo en plena pendiente.

Tratamos de retomar un ritmo apropiado de ascenso, pero cuando éste se pone más serio, un inesperado descansillo vuelve a hacer acto de presencia. Se trata de una zona en que la carretera crestea ofreciendo, por momentos, vistas hacia la costa y hacia el interior: desde el intenso azul del mar hasta las más blancas nieves de las cumbres en un giro de cabeza.

Las herraduras que bajan a Rubite en la vertiente más espectacular del Haza del Lino.

Pronto, a la derecha, vemos la carretera que serpentea hasta Rubite, en la que es probablemente la más espectacular de las vertientes del puerto. Y será al poco dejar a la derecha el cruce cuando retomemos nuevamente la subida hasta el Haza.

Resulta engañoso este trecho final, ya que durante algo más de dos kilómetros y medio las rampas siempre rondarán o superarán el 7% de pendiente, salvo en algún punto que provoca el descenso en la media.

Tras las últimas herraduras nos acercamos al alcornocal del Haza del Lino, el más alto del mundo según dicen, y que acaba de cumplir 150 años de edad. Lo vemos loma arriba cubriendo el Cerro de la Salchicha, techo de esta sierra como hemos dicho más arriba, pero no será hasta coronar cuando nos terminemos de adentrar en él.

En su parte final, más suave, la carretera se convierte en un permanente mirador.

El puerto se ha convertido en un balcón hacia la costa y los continuos apartaderos invitan a hacer un alto y deleitarnos en la contemplación del panorama. Tras un falso llano final alcanzamos la cima a casi 1.300 m. de altitud, después de pasar el cartel indicativo del Haza del Lino. Hasta la venta, sin embargo, hay que bajar varios cientos de metros. Una vez allí, tras reponer fuerzas, la encrucijada de La Contraviesa nos ofrecerá múltiples y variadas opciones de seguir nuestra ruta… Difícil elección.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa: