Altimetrías

Venta la Gloria, por el puente romano.

Estado del firme:**

Dureza:**

Volumen de tráfico:*

Consejos y sugerencias: ascenso “cortito pero matón”, con rampas que pueden hacer necesarios varios dientes de más en la corona grande.

Desde las inmediaciones de Almogía, echamos un vistazo hacia el valle.

En las estribaciones occidentales de Los Montes de Málaga, al sur de la comarca de Antequera, flanqueada por el Este por la Sierra de las Nieves y cerrada en su extremo meridional por la Costa del Sol, se encuentra la comarca malagueña del Valle del Guadalhorce.

En un paisaje de lomas, recubiertas de olivo y almendro, cerros y pueblos blancos, recubierto de un hermoso manto verde desde las primeras lluvias hasta que aparecen las primeras calores y bastante desangelado el resto del año nos situamos para presentar esta corta, pero dura subida a Venta la Gloria.

Almogía visto desde el mirador existente en la cima del puerto. Lomas semiáridas en el período de estival.

Para ubicar mejor el inicio se hace necesario tomar como referencia el Embalse de Casasola y la carretera que desde sus orillas sube en dirección norte hacia Villanueva de la Concepción remontando el curso del río Campanillas.

En la otra margen del río comienza la comarca del Guadalhorce que tiene en su lado oriental a Almogía como principal población. Para dirigirnos hasta allí desde nuestra carretera de referencia podemos escoger hasta cuatro opciones, siendo la más directa la que atraviesa el antiguo puente romano, el conocido como Puente de las Palomas (S I. d.C.), y que serpentea a base de rampa hasta posarse en la cresta de la loma desde donde Almogía desparrama su caserío mirando al poniente.

Este camino rural, de firme estrecho, rugoso y no en el mejor estado de conservación, es el que vamos a presentar a continuación.

Restaurado, el coqueto puente de origen romano da inicio a la cuesta, cuya primeras estribaciones son ya perfectamente visibles.

De la estrechez del camino nos previene el propio puente. Restaurado por Carlos III a finales del s. XVIII y posteriormente en época moderna apenas sí deja ver hoy día alguno de los elementos de su factura original: tan sólo las jambas y los contrafuertes, fáciles de apreciar por el desgaste de la piedra. La Venta de las Palomas en las inmediaciones de este antiguo vado sobre el río Campanillas extendió su denominación al propio puente donde un azulejo sobre muro de mampostería nos informa de su nombre y origen.

Atravesado el río, la carretera mantiene su estrechez y de inmediato una primera rampa muerde nuestras piernas, mero anticipo de lo que está por llegar pues, tras un corto respiro, la rampa va a seguir in crescendo hasta alcanzar puntas del 19-20%.

Entre matorrales, olivos y almendros se abre camino la carreterilla dejando abajo muy pronto el cauce del río.

Rampas duras previas a la primera herradura.

Cuando por fin podemos levantar la cabeza de entre las manetas y alzar la vista, intentamos escudriñar con la mirada por dónde va a encaramarse el camino.

Torcemos una cerrada curva de herradura a derechas tras un pico al 20% y la cuesta nos ofrece una breve tregua, apenas un respiro antes de volver a las andadas. Y es que la siguente herradura -muy cerrada y izquierdas en este caso- viene a poner a prueba nuestra capacidad escaladora: tras trazarla nos topamos con una rampa del 21% y, aunque se aprecia a simple vista que la pendiente va a aflojar, lo cierto es que va a instalarse en el doble dígito muy constante y sin pausa.

¡21%!

A estas alturas, aunque llevamos poco más de un kilómetro de ascenso, no estamos ya para muchas alegrías. En vano intentamos engranar una corona mayor, pues hace rato ya que lo hemos hecho sin percatarnos si quiera de ello.

Por fin, cuando pasamos junto a una casita, vuelve la tregua, aunque desaparece el asfalto en favor del cemento -algún corto tramo más atravesaremos, normalmente vados por donde se escurre el agua de la lluvia que cae por las vaguadas-.

Acabamos el primer tramo duro. Hermoso paisaje con el Torcal de Antequera de fondo.

Un corto tramo en descenso nos concede un relajo y volvemos a observar el entorno. Una herradura se encarama en unos riscos justo unos metros antes de donde se adivina el altillo. Hasta el pie de la horquilla la carretera va trazando varias curvas en suave pendiente, pero una vez llegamos a la misma, vuelve a ponerse serio el asunto.

No obstante, sólo restan unos 300 m. desde allí hasta la primera cima del puerto donde ganamos, además de un merecido descanso, una carretera más ancha y en mejor estado.

Última herradura.

Algunas edificaciones anticipan la proximidad de Almogía (anunciado, además, por un cartel que nos recuerda que estamos en la cuna de Los Verdiales) que, sin embargo, no vamos a atravesar en ningún momento. Aprovecharemos, eso sí, cada mirador para deleitarnos con las vistas. En el mismo altillo echamos un vistazo hacia el valle excavado por el río Campanillas, con varios tramos del puerto ya superado. Luego, más adelante, volveremos a parar un par de veces más para fotografiar Almogía.

Ya hemos hablado de los restos romanos en el caso del puente y hay que decir que en el su término municipal han aparecido restos de pobladores aún más antiguos, pero salta a la vista que la época de mayor florecimiento de esta población fue la Edad Media con la ocupación musulmana: su estampa es clara muestra de la típica fisonomía de casas encaladas y techumbres apiñadas.

Almogía desde uno de los miradores.

Tras más de un kilómetro de descenso y dejar a la derecha el acceso a Almogía, obviamos un cruce a izquierda -en dirección al embalse de Casasola y Puerto de la Torre- y nos disponemos a afrontar los últimos setescientos metros de ascenso que acaban junto a una especie de depósito o de silo de cemento perfectamente visible desde el inicio del repecho.

Rampón final.

Setescientos metros no serían nada, excepto porque se van a ir empinando hasta instalarse nuevamente en el doble dígito, de forma sutil al principio para dispararse en los últimos 500 m. siempre vecinos al 15% y con puntas de hasta el 20%…

Así es como una pequeña cota que, en principio no parecía que fuese a ponernos en apuros, se enquista hasta hacernos sudar la gota gorda y castigar nuestros riñones de lo lindo.

Duele de verlo.

Y la bajada hacia Los Núñez promete…

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa:

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