Almería

Puerto de Enix (El Marchal) por río Andarax, buscando la costa almeriense a través de la Sierra de Gádor.

Estado del firme:***

Dureza:**

Volumen de tráfico:**

Consejos y sugerencias: puerto de considerable longitud, aunque sin grandes pendientes. Se recomienda, como siempre que se circula por Almería, ir bien aprovisionado de agua. El viento -buena fe nos da el parque eólico de la cima- puede ser algo más que un incordio.

Puerto largo y tendido con buenas vistas. Enix por su vertiente norte no se afronta como un reto, sino como un medio de disfrute de la bicicleta.

Cientos de metros más abajo de donde une su cauce -ya que no siempre sus aguas- el río Nacimiento con el del Andarax, vamos a atravesar el “nuevo” puente de Los Imposibles (de 1950 y aún quedan algunas pilastras del antiguo a su lado, obra setenta años anterior) para dirigir nuestros pasos hacia la costa por la hermosa carretera de Enix, la única asfaltada que atraviesa la Sierra de Gádor de norte a sur.

El nuevo Puente de los Imposibles con los restos del antiguo a su derecha. Comienza puerto.

El lugar de inicio nos deja un poco desubicados: de un lado, al atravesar el puente en dirección a Alhama y Gádor, pronto nos encontramos un cartel de la sierra que recibe su nombre de ésta última localidad; por contra, al cruzar en dirección inversa, si tomamos el desvío hacia Las Alcubillas, de inmediato un cartel nos indica “Sierra de Los Filabres”. A decir verdad, estimamos que la Sierra de los Filabres se ubica algo más al norte y, de hecho, en algunos mapas esta zona viene incluida dentro del Paraje Natural del Desierto de Tabernas (en lugares especializados se da la denominación de “Subdesierto de Tabernas”). Por si fuera poco, tras la cuña que conforma la junta de Andarax y Nacimiento se alzan las primeras estribaciones orientales de Sierra Nevada.

Estamos, por tanto, en una confluencia de montañas, ríos y valles en los que, como decíamos, nos cuesta mucho ubicarnos de inicio. Lo único que parece claro es que pronto comenzaremos a trepar por ladera norte de la Sierra de Gádor.

Impresionante contraste entre las áridas laderas del subdesierto de Tabernas y el verde cauce del río Andarax. Al fondo, a la derecha de la imagen, se eleva la Sierra Alhamilla.

Al principio la carretera acompaña la marcha del río Andarax, aunque al encaramarse en la montaña sigue tendencia ascendente. Pronto nos va a sorprender la riqueza de esta parte del valle donde una suerte de bosque en galería “artificial” cubre el cauce -casi siempre seco en época estival- y las márgenes del río con hectáreas de cítricos (en sustitución de los parrales, otrora con mayor predicamento, sobre todo cuando la uva de la variedad “Ohanes” era exportada a granel por el mundo entero), más concretamente de naranjos, que dan un hermoso color verde a la parte baja del valle y contrastan con las casi siempre desérticas laderas a uno y otro lado, aportando -si cabe- una mayor variedad de vegetación a la ya existente a lo largo de todo el ascenso (matorrales, esparto, tomillo dominan la parte baja, mientras que en las zonas más altas encontramos pinares y quizás algunas encinas residuales, a más de los frutales en las zonas abancaladas camino de Alhama y pasado el collado del Trapiche, junto a varias cortijadas).

En cualquier caso, al observar las características formaciones acarcavadas de margas que nos flanquean es difícil imaginarse el paisaje que debió decorar el mismo entorno cinco mil años atrás cuando los pobladores del asentamiento neolítico de Los Millares, muy próximo a la actual Alhama de Almería, pastoreaban sus rebaños de ovejas o apriscaban sus hatillos de cabras: bosques de galería en el curso de los ríos, montes adehesados, matorral, pasto… Un verdegal que apenas se vio afectado hasta que el ser humano sobreexplotó sus recursos en el s. XVIII y, principalmente, en el s. XIX.

Tomamos un desvío hacia Alhama. La carretera se estrecha.

Pasado el primer kilómetro y medio de ascenso abandonamos en giro cerrado a izquierdas la carretera autonómica que nos lleva a Gádor para buscar, por una más estrecha y tortuosa, las faldas de Alhama de Almería.

Hasta alcanzar la población se hace preciso recorrer unos cuatro kilómetros con verdadero encanto a nuestro parecer. El contraste del valle se hace cada vez más patente e igual ocurre con la mano humana.

Los contrastes cada vez se hacen más acentuados. Al fondo despunta ya la Sierra de Los Filabres.

El desierto, a medida que vamos ganando metros sobre el río, se divisa con una más amplia perspectiva cerrando el paisaje hacia el norte y el oeste, dando sensación de austeridad y severidad por su aspecto.

Encontraremos cultivos a ambos márgenes de la carretera.

Laderas abancaladas camino de Alhama.

Por contra, las laderas sobre las que se asienta Alhama están trabajadas para su aprovechamiento a base de allanar terrazas de tierra (bancales) y adecuarlas para el cultivo. No escasean las fincas anejas al camino, ni los sembrados, llamando nuevamente nuestra atención la abundancia de naranjos y también de olivos. Lo cierto es que la placidez de las pendientes nos permite disfrutar de estos detalles cuando en otro tipo de puertos no podemos más que fijar la mirada en la carrretera.

Mediado el sexto kilómetro de ascenso alcanzaremos la A-348, justo a los pies de Alhama de Almería de cuyo caserío, aunque no vamos a pasar más que de soslayo, tendremos a bien -y a deuda una visita- dedicar unas cuantas líneas.

Salimos a una carretera autonómica. A la izquierda queda Alhama. Giraremos a nuestra derecha.

En efecto, a nuestra izquierda queda Alhama de Almería que, como otras localidades homónimas, recibe su denominación en época musulmana por su balneario. El apellido de la villa ha variado a lo largo de los siglos: “Alhama de Guaxaxar”, “Alhama de Almería” (s. XIII), “Alhama de Marchena”, incluso “Alhama la Seca” después de que un terremoto a principios del s. XVI arruinara las fuentes termales. Destacable fue la denominación durante la II República de “Alhama de Salmerón”, en honor a Nicolás de Salmerón, presidente que fuera de la I República y uno de los más notables hijos de la población. Será a partir de 1936 cuando Alhama recupere el apellido “de Almería” hasta la fecha.

Ligada siempre al río Andarax (curso fluvial de suma importancia para los municipios de su valle), pese a ubicarse relativamente distante de su cauce, Alhama dedica sus días a la agricultura -como hemos comentado-, con una especial pujanza de la agricultura ecológica y la recuperación de la uva de mesa, otrora fuente principal de riqueza en el valle.

El turismo de interior, en franca expansión, surte un claro benificio en el pueblo donde destaca el Balneario de San Nicolás, que fue restaurado para disfrute de quienes tengan a bien usar de sus servicios (sus propiedades curativas y paliativas eran muy apreciadas entre los almerienses ya en la Edad Media y su existencia remonta más atrás en el tiempo, ya que en el balneario se han hallado restos de época romana). Obra musulmana es la fortificación existente en la zona alta del pueblo, el recinto conocido como Los Castillejos, aunque en estado ruinoso. Por su puesto, como en casi todos nuestros pueblos es de obligada visita su iglesia, consagrada a San Nicolás de Bari, patrón de Alhama. De estilo mudéjar en su origen, el templo sufrió los avatares de la historia local y nacional -la revuelta de los moriscos en Las Alpujarras y la Guerra Civil- por lo que tras ser quemado, expoliado y varias veces restaurado, su aspecto actual dista mucho del original, además de no conservar su ornamentación mudéjar, como cabe suponer.

La minería sigue siendo fuente de ingresos importante en la comarca.

Pero es, como podremos comprobar tras unas cuantas pedaladas, otro el que sigue siendo uno de los principales motores de la economia alhameña: la minería. Pues al llegar al mencionado cruce con la carretera autonómica y girar a la derecha, apenas unos cientos de metros nos van a dejar junto a algunas explotaciones mineras (concretamente de áridos) fácilmente reconocibles por las heridas que imprimen en la montaña, así como por la aparatosa maquinaria que yace junto a la calzada. No obstante, lejos quedan ya los años de sobreexplotación minera, allá por los ss. XVIII y XIX, con la extracción del plomo y la plata en la Sierra de Gádor, que dieron al traste con la vegetación de estos parajes.

Al poco de tomar el cruce hacia Roquetas de Mar encontramos este cartel que nos ubica en la Sierra de Gádor.

Superado uno de los kilómetros más constantes y menos atractivos de esta vertiente del puerto, alcanzaremos un cruce a izquierdas en dirección a Roquetas de Mar por la A-391, punto en que cambia la tipología de la carretera, así como el asfalto, más rugoso y deteriorado.

Pedalearemos ahora en casi total soledad por las laderas de la Sierra de Gádor.

Aumenta el curveo, el trazado gana en espectacularidad poco a poco. Lo que aún no abandonamos es la presencia de las canteras.

Varias curvas nos ofrecen una mejor perspectiva sobre el telón de cierre del valle que gana profundidad y amplitud, pues tras los erosionados barrancos de marga la línea del horizonte se aleja hasta Sierra Nevada en occidente, Los Filabres en el norte y, al fin, Sierra Alhamilla por el oriente.

Pese a la existencia de antiguos caminos que se adentraban en la sierra (el antiguo puente del Martinico, fechado entre los s. XVIII y XIX da fe de ello), ya por la explotación de los recursos mineros, ya por motivos relacionados con ello o de otra índole, el proyecto de esta carretera entre el poniente almeriense y Alhama a través de la Sierra de Gádor no se realizará hasta 1924, por lo que la vía no está lejos de cumplir un siglo de servicio.

Carretera para disfrutar de un paisaje cuasi lunar a lo lejos.

Hay que subrayar que tanto el trazado y lo cómodo de sus pendientes como el toque “vintage” de sus malecones de mampostería le confieren al ascenso un agradable regusto cicloturista. Varios apartaderos con buenas vistas y el mirador de Huécija-Alicún nos permitirán reiterados momentos de deleite. Aunque es de recalcar el paso por la curva a derechas en que los mapas nos sitúan el Collado del Trapiche, tras cuya coronación se hace imperativo echar la vista atrás.

El collado del Trapiche. Al fondo, en el centro, las formaciones del Subdesierto de Tabernas. Como telón la Sierra de los Filabres con el Observatorio de Calar Alto perfectamente reconocible.

Al frente, en cambio, la Sierra de Gádor se alza, abrupta, para impedirnos el paso. La carretera, rehuyendo el envite, busca la salida más cómoda bordeando con suaves pendientes los entrantes y salientes de la montaña hasta encontrar un nuevo collado por el que seguir su curso hacia la costa. El trazado, por momentos, nos es perfectamente visible en varios de sus siguientes kilómetros, justo donde un lozano pinar de repoblación, aún bisoño, se ve superado por el predominante y abigarrado matorral.

La carretera busca siempre la salida más sencilla. En este caso se pierde por el colladito que se aprecia a la izquierda de la imagen.

El zigzagueo de la carretera nos lleva por algún que otro cortijo con que también apreciamos la arquitectura tradicional y, aunque no de forma tan patente como en el fondo del valle del Andarax, nos cercioramos de que la agricultura también se ha hecho su hueco en estos barrancos, quizás los menos escarpados de Sierra de Gádor.

Desde el siguiente colladito se amplía la visión que teníamos en el Trapiche.

Cuando estamos a punto de coronar un nuevo colladito, giramos la cabeza a nuestra izquierda para disfrutar de unas nuevas y mejores panorámicas hacia el norte y repasamos con la mirada el trazado de la carretera por donde hace unos instantes acabamos de rodar. Al poco alcanzamos el altillo, pero no descendemos -el puerto es tendido, pero a penas cuenta con tramos descendentes- sino que pedalearemos por un largo falso llano que concluirá, tras cortos repecho y bajadita, en el puente del Martinico.

El puente del Martinico -el moderno- una vez que lo hemos atravesado.

En relidad, el puente que atravesamos no es de gran interés, sino que hay que asomarse por el lateral para observar los restos del antiguo puente, en buen estado de conservación, pese a sus más de doscientos años y su total abandono.

La última rampa seria -o, por mejor decir, sostenida- nos la vamos a encontrar al atravesar el mencionado puente, unos 700 m. de longitud que rondan en todo momento el 6% de pendiente media.

Los aerogeneradores nos van marcando nuestro objetivo, aunque no hay que subir tan alto, ya que los bordearemos por el lado izquierdo.

Ya en este punto apareceran de frente los aerogeneradores del Parque Eólico de Enix, el primero en crearse dentro de la provincia almeriense. La cima, pues, aunque no la vemos, la presentimos cercana. Sin embargo, nos restan aún casi tres kilómetros de ascenso que, si no lo impide el viento, serán fáciles de superar, pues la cuesta irá cejando paulatinamente hasta situarse entre el dos y el tres por cien de pendiente media.

Pinar de reforestación en las laderas de la Sierra de Gádor.

Entre laderas cubiertas por pinos -casi siempre a nuestra derecha- y matorrales, el paisaje logra abrirse hacia el este, donde descuella la Sierra Alhamilla, mientras que hacia el oeste las vecinas lomas no nos permiten ver las mayores alturas de la Sierra de Gádor.

Ya en la recta final del puerto. Al fondo a la derecha de la imagen volvemos a ver la Sierra Alhamilla.

Ya en la recta final, almendros, olivos… y un casetón al fondo que nos marca la cima, una antigua casa de peones camineros, al parecer. Unos metros antes, el desvío al parque eólico y a nuestra izquierda una explanada que, en realidad, es la antigua era de la Venta de la Mamona.

Restos de la casa de peones camineros en la cima del puerto. A la izquierda la era de la Venta de la Mamona.

Precisamente esta venta, ubicada al poco de coronar tras giro a izquierdas (se encuentra fuera de servicio, no vaya a ser que alguien confíe iluso en tomar un piscolabis en la cima del puerto), suele dar nombre a este collado que también es conocido como Alto de El Marchal (El Marchal de Antón López o Marchal de Enix es una aldea cercana a la cima por su vertiente sur) o puerto de Enix, que es justo el nombre que hemos decidido nosotros otorgarle, por ser quizás la más afamada población del entorno.

El descenso hacia la costa, recomendabilísimo, acaba por bifurcarse hacia el Parador de las Hortichuelas y hacia Vícar, siendo esta última nuestra preferida entre las vertientes de este puerto y un ascenso muy concurrido, en cualquier caso, por los cicloturistas de la zona.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa:

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