Andalucía Cicloturismo

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El Yelmo, “peñasco atrevido”.

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Estado del firme:**

Dureza:***

Volumen de tráfico:*

Consejos y sugerencias: por dureza y por belleza nos encontramos en el rey de la Sierra de Segura. Conviene tener en cuenta el viento, sobre todo en los kilómetros finales en que estamos más expuestos a su violencia.

Desde la cima de El Yelmo gozaremos de las mejores panorámicas de toda la provincia de Jaén.

Originalmente en aquel artículo del primer número de la revista Desde la Cuneta, habíamos denominado este apartado con el nombre de El Campillo: rey sin corona. Y ello es porque sólo incluíamos en el artículo los puertos de paso, es decir, con salida asfaltada. Sin embargo, además de El Campillo, hemos estimado oportuno continuar aquí con la subida completa hasta la cima del Yelmo, cuyos 3 km. finales consideramos imprescindibles para cualquier cicloturista que visite la Sierra de Segura.

Ascensiones como la del Yelmo no abundan por la geografía jiennense y cabe decir que tampoco por la española. Una subida que por dureza y belleza ostenta el cetro real de los puertos de la Sierra de Segura pugnando con la Sierra de la Pandera por el provincial.

Con la efigie de la más famosa cumbre de la Sierra de Segura frente a nosotros, comenzamos el asalto a este precioso puerto en la aldea de Cortijos Nuevos, pedanía de Segura de la Sierra.

Desde el inicio se divisa el objetivo. Más de mil metros de desnivel nos separan.

El inicio, intrascendente, nos va a dirigir hasta el cruce que nos conducirá a las aldeas de El Ojuelo y El Robledo en las que las rampas se van a disparar de inmediato, produciéndose también una completa transformación en el entorno del puerto. En efecto, lo que va a conferir a esta subida la primera categoría son los seis kilómetros a prácticamente el 8% que se inician en la primera de las aldeas antes mencionada.

Salimos de El Robledo, empieza lo bueno.

Además, la carretera se sumerge en un tupido bosque donde predomina el pinar sobre las encinas, coscojas, quejigos, cornicabras y arbustos como el y donde no será extraño cruzarse con algunos de los ejemplares que caracterizan la fauna del Parque Natural: muchos siglos han transcurrido ya desde que el rey Alfonso XI refiriera en su Libro de la Montería que “El Yelmo es buen monte de Osso e de Puerco en invierno e en verano…”, hoy día, excepto los grandes plantígrados por desgracia, venados, jabalíes, cabras monteses o las siempre simpáticas ardillas son vistos con frecuencia curiosear en las márgenes de la carretera.

Kilómetros por encima del 8% con abundante vegetación.

El agua, siempre presente, no escaseará, bien fluyendo por las cunetas, bien en forma de fuente (hasta tres hemos contabilizado en seis kilómetros). La abundancia del líquido elemento por estos parajes explica la frondosidad de la foresta que nos resguarda. Varias herraduras ayudarán a salvar una pendiente bastante homogénea que, no obstante cuenta con algunas puntas al 13-14%. En una de estas curvas encontraremos el mirador del Robledo, con excelentes vistas sobre el valle que, tiempo ha, hemos dejado muy por debajo de nuestros pies.

Los claros en la espesura nos permiten contemplar el paisaje del Parque Natural.

A partir del noveno kilómetro, la cuesta nos da un respiro en pos del cerro de la Chaparra. Además, la arboleda irá desapareciendo paulatinamente permitiéndonos gozar de unas maravillosas vistas de todo el valle del Guadalquivir y el embalse del Tranco de Beas, una de las principales presas de la comunidad andaluza por su enorme capacidad.

Un descansillo da paso a una rampa constante al 9% hasta que ganamos un cruce. Allí, un cartel nos indica la continuación del ascenso hasta el Yelmo si giramos a la izquierda. Por el contrario, si lo hacemos a la derecha descenderemos en pos de El Campillo, una casa forestal situada algo más abajo y que nos sirve para dar nombre a este precioso paso de primera categoría.

En el cruce de El Campillo, giramos a la izquierda hacia El Yelmo.

Torcemos, pues, a la izquierda para continuar con el tramo final y de mayor dureza, no sin antes apurar un descansillo que revitaliza nuestras piernas. Incluso un mirador nos incita a realizar un breve alto para contemplar unas magníficas vistas del embalse del Tranco con el castillo de Hornos dominando su orilla. Nos vamos a introducir en los últimos tres kilómetros de ascenso, probablemente los de mayor dificultad y, con diferencia, los más escénicos. El monte pelado –su nombre, más que del parecido de su figura con un yelmo, bien podría proceder de la palabra yermo, habida cuenta de la apariencia árida de las rocas de su cima en contraste con sus boscosas laderas- nos muestra su cumbre, a medida en que giramos a la derecha, coronado en lo más alto por unas antenas: el techo de la Sierra de Segura no ha podido pasar inadvertido a los tiempos modernos. Así también los cielos a menudo surcado por rapaces, cuando no por los parapentes que se arrojan desde su pelada cumbre.

Atras Hornos, el Tranco de Beas y la Sierra de las Villas.

La roca viva en que la carretera se abre camino a base de constantes rampas de doble dígito apenas sí es cubierta de resistentes piornos y lastonares además de los pinos, siempre osados, más capaces para soportar los fuertes vientos que baten la cumbre y las pesadas nevadas que con frecuencia colman sus ramas en los crudos inviernos.

Y de repente, casi sin advertirlo, nos encontramos dominando todas las sierras circundantes.

Constantes rampas próximas al 10% en estre trecho final.

A fuerza de herraduras la carretera apenas sí puede abrirse camino retorciéndose hasta la cumbre, casi inexpugnable, de este peñasco atrevido como lo definiera en sus versos Francisco de Quevedo, para quien esta excelsa cresta fue digna de loa. Digna, en cambio, por nuestra parte de empeño y sufrimiento a la vez que motivo de gozo y de deleite… de total y absoluto deleite.

No cabe otra que recrearse. Abajo Segura de la Sierra.

La última curva a derechas nos deja por fin a los pies de la casetilla del guarda forestal y del mirador, cimera del Yelmo. Donde se nos acaba la carretera, a escasos metros del vértice geodésico, comienza la aventura para otros, para los verdaderos locos de las cumbres, los que las sobrevuelan con audaces ingenios surcando los aires.

Curvas finales desde el mirador de la cima.

A nosotros, aunque no desde esa perspectiva de águila, su eminencia el Yelmo nos ofrece un espectáculo sin parangón por estos pagos merced a unas increíbles panorámicas de 360º que, en días claros, alejan la línea del horizonte hasta Sierra Nevada, la provincia de Albacete –a tiro de piedra verdaderamente-, las sierras cordobesas, otras jiennenses de mayor vecindad como la Mágina y, por supuesto, dominan todo el Parque Natural en que se encuentra el morrión segureño.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa:

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