Andalucía Cicloturismo

La doble eme: rutas, altimetrías de puertos de Andalucía… Y mucho más.

Collado Agua de los Perros, los ojos de la montaña.

2 comentarios

La parte final de este artículo que estamos retomando recogía tres puertos de la Sierra de las Villas comenzando por el del titular y siguiendo por La Traviesa en sus dos vertientes. Continuábamos entonces así:

Collados de la Traviesa y Agua de los Perros: naturaleza pura… y dura.

Vistas desde el mirador de El Tapadero, a poco de coronar el collado Agua de los Perros.

La más pequeña de las sierras que conforman el Parque Natural esconde, no obstante, la que nos parece una de las más recomendables rutas que se pueden hacer por la zona. Se trata de la “cagalera de la muerte”, como es conocida la carretera que une el Charco del Aceite, paraje próximo a la presa del Tranco de Beas, con la localidad de Mogón, que atraviesa a fuerza de curvas y notables pendientes la Sierra de las Villas. Dependiendo del sentido en que nos dispongamos a afrontar la ruta nos toparemos con diferentes dificultades montañosas en las que la salvaje naturaleza del entorno conseguirá atraparnos por completo. Repetir será sólo cuestión de tiempo.

Collado Agua de los Perros:

Estado del firme:*

Dureza:**

Volumen de tráfico:*

Consejos y sugerencias: todo un puerto de primera categoría con lo que ello conlleva. Mejor disfrutarlo que sufrirlo.

No ha tiempo a que se escurran las aguas del río grande de Andalucía desde su cuna, cuando un enorme dique se eleva para impedirles su paso natural y permitir, así, embalsarlas para el uso humano y también, por supuesto, de la fauna toda que habita estas sierras. Así, el Embalse del Tranco de Beas se ha convertido en el abrevadero del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas, además de ser uno de los principales pantanos de la comunidad por su gran capacidad.

Puente sobre el Guadalquivir junto al Charco del Aceite.

El Guadalquivir, más pausado, retoma su curso después del cemento hasta que, al punto, vuelve a reposarse en un nuevo remanso conocido como Charco del Aceite. Aquí se reúne en verano una multitud para disfrutar de un agradable baño en las aguas del río en una zona excelentemente habilitada para el recreo turístico.

Pues bien, desde este lugar -así llamado, según se cuenta, porque un arriero dejó caer un odre de aceite por accidente cuando lo transportaba desde un molino cercano- tiene su inicio la carretera que atraviesa transversalmente la Sierra de las Villas por unos parajes de ensueño, parajes en los que nosotros vamos a adentrarnos ahora.

Al principio abunda la vegetación de ribera.

Un estrecho puente nos sirve para vadear el río, en cuyas márgenes verdea toda clase de vegetación riparia a la sombra de las rocosas paredes que encajonan el cauce formando una garganta.

En este punto precisamente viene a juntarse al Guadalquivir el arroyo de María, el cual nos disponemos a remontar durante un kilómetro en que el follaje cubrirá prácticamente en todo momento nuestras cabezas. Asombra la humedad reinante del soto, que contrasta con el paisaje cercano, el olivar, cultivo de secano, que se convertirá en la vegetación predominante en el momento en que crucemos el puente que atraviesa el mencionado arroyuelo.

Remontamos una ladera a base de herraduras.

Tras la vaguada a derechas que salva el arroyo, la fisonomía del puerto cambia por completo: hemos de salvar unos 350 m. de desnivel en poco más de 4 km. a base de torcer herraduras (hasta un total de once se cuentan en este tramo para ser exactos).

Remontamos una ladera cubierta de olivos en su mayor parte, árbol que no es ni de ramaje muy tupido ni muy elevado de copa, por lo que vamos a gozar de continuas panorámicas sobre la garganta excavada por el río y las altas peñas que lo jalonan.

Los olivos, omnipresentes en la geografía jiennense, contrastan con la severidad de las paredes rocosas de la Sierra de Las Villas.

La estrechez de la carretera, su espectacular trazado, la abundante gravilla en tramos y el barranco cada vez más profundo resultan espeluznantes. Ni siquiera esos bellísimos y característicos malecones que lindan a modo de protección con el precipicio nos sustraen de un cierto temor. Y es que sólo de pensar en descender por aquí con ruedas finas nos estremecemos.

Ni siquiera los típicos malecones nos sustrarían del temor de tener que descender por esta carretera.

Seguimos la estela descrita por la rodadura de los coches para evitar sustos y nos concentramos poco a poco en las rampas. Hasta coronar el primer altillo la pendiente media se sitúa por encima del 8%, cosa seria, siendo el primer kilómetro el que mayor porcentaje arroja. Las rampas de doble dígito no escasean, alcanzándose picos de hasta el 13%.

Al coronar este primer tramo de ascenso nos introducimos, de nuevo, en un tramo donde la espesa vegetación vuelve a cubrirnos.

Coronamos junto a una pista que se dirige a La Albarda. Hemos visto metros atrás cómo se remonta esta pista por entre las peñas que se elevan hasta los 1.726 m. del Caballo Torraso en un trazado espectacular. Desconocedores del camino que habríamos de tomar, por momentos llegamos a pensar que se trataba de la carretera del puerto.

Dejamos la pista de la Albarda -bien indicada, por cierto- a nuestra izquierda a la vez que abandonamos la compañía del cuasi omnipresente olivar. Nos adentramos ahora en un tramo frondoso originado, a buen seguro, por la humedad que proporcionan los distintos caudales que chorrean por las cañadas. En una primera vaguada atravesamos el arroyo de Martín, cuyas aguas descienden barranco abajo desde la cordillera de las Lagunillas.

Muchas fuentes encontraremos en el ascenso. Aprovechamos la del descansillo junto al área recreativa Los Cerezos.

Tras una segunda vaguada, también a derechas, ha sido habilitada el área recreativa “Los Cerezos”, en un emplazamiento especialmente umbroso por el espesor de la verdura. En el lado izquierdo de la carretera encontramos una fuente -la segunda que hemos visto hasta ahora y que, a la postre, será la de más caudaloso caño con que nos topemos- que nos invita a hacer un alto y saciar la sed con sus límpidas aguas.

Este agradable descansillo no concluirá sino una vez que, pasado en descenso el Cortijo de Arroyo Martín, alcancemos una tercera curva de vaguada. Cuatro kilómetros y medio nos restan desde este punto hasta coronar el collado y, si bien sus números globales son inferiores al de la loma de los olivos, es preciso notar que esconde tramos aislados de una dificultad por encima de lo superado hasta ahora.

Los últimos kilómetros esconden rampas de cierta entidad a pesar de que globalmente son menos duros que los iniciales.

A media ladera ascendemos de forma prácticamente rectilínea y con el barranquillo siempre a nuestra derecha durante unos dos kilómetros. Un pinar dará sombra a nuestras cabezas durante este trecho escoltado siempre por los pétreos muros de las lajas o lanchas que descuellan en la Sierra de las Villas.

Llegamos a una nueva fuente, la llamada del Tobazo, a partir de la cual notaremos un descenso en la pendiente que, al poco, ofrece una mejor tregua en forma de llano.

Camino del mirador de El Tapadero enlazamos un par de nuevas herraduras. 13% de pendiente en este punto.

De nuevo otra fuente, la cuarta y última, servirá de referencia para el tramo final del ascenso: nos restan ya tan sólo un par de kilómetros, siendo el primero bastante exigente. Vuelven, además, las herraduras. Hasta seis habremos de afrontar antes de coronar el puerto. Alguna se asoma por un precipicio de vértigo y se anticipa, así, al cercano mirador del Tapadero.

La parada en el mirador es obligatoria para todo amante de los paisajes naturales: la vista se pierde en la profundidad de los barranquillos, en concreto del desfiladero ahondado por el arroyo de Chíllar, mientras que las sierras vecinas, entre las que despunta, allá a lo lejos, la cima del Yelmo con sus poco más de 1.800 m. de altitud, rasgan el horizonte. Tampoco podemos evitar detener nuestra mirada en el trazado que la carretera dibuja en la montaña, carretera que hace unos instantes hemos surcado jadeantes.

Después del mirador, todavía queda por superar la pendiente máxima del puerto al 15%.

Recuperado el resuello, continuamos la marcha por rampas que alcanzan el 15% de pendiente. Una herradura a izquierdas es rápidamente respondida por otra a derechas. Poco a poco la pendiente mengua y una última curva a izquierdas nos enfila hasta el collado del Agua de los Perros o del Agua los Perros, al decir de los lugareños. Lo coronamos a 1.222 m. para ser exactos, pese a que en su cartel reza la altitud de 1.200 m.

Aunque un tanto peculiar, por así decir, el puerto cuenta con su cartelito.

En las proximidades destacan el denominado Ojo de Agua los Perros o Piedra del Agujero (1.355 m.), una oquedad que la erosión ha provocado a fuer de ventana en la pared rocosa. O la formación denominada como Iglesia del Agua los Perros, una blanca roca horadada por donde el agua se despeña desde gran altura.

La carretera continúa desde el collado. De hecho, tan sólo acabamos de empezar: unos cincuenta kilómetros restan hasta Mogón plagados de curvas, barrancos, cuestas, el puertecillo que trataremos a continuación y, sobre todo, paisajes de cuento en un marco incomparable: la Sierra de las Cuatro Villas.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa:

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2 pensamientos en “Collado Agua de los Perros, los ojos de la montaña.

  1. Las fotos no hacen justicia de la belleza de esta subida y de la impresión que causa cuando empiezas a subir y te das cuenta del sitio en el que estás. Con esas tremendas paredes de piedra a los lados es verdaderamente acongojante, y las vistas que vas obteniendo desde los miradores mientras subes tampoco se quedan atrás. Yo me he hecho fan de este puerto y espero volver pronto. Además, he de suponer que la lluvia habrá ido con el tiempo limpiando la gravilla, porque yo cuando estuve por allí en octubre no me pareció peligroso el bajarlo ni tampoco demasiado molesto.

    ezeste

  2. Pingback: Comenzamos una nueva etapa | Andalucía Cicloturismo

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