Altimetrías

Venta del Chaleco por Jorairátar y Murtas, encanto desconocido.

Estado del firme:***

Dureza:**

Volumen de tráfico:*

Consejos y sugerencias: se trata de un ascenso cómodo, para disfrutarlo, pero bien largo. Ni que decir tiene que hacer ruta por la zona es muy recomendable, sobre todo incluyendo algún que otro puerto por esta agraciada comarca andaluza.

Una de las múltiples curvas de herradura que superaremos en el ascenso. Aquí en las inmediaciones de Mecina Tedel con Sierra Nevada como hermoso telón de fondo.

En la Rambla Seca, a la que accedemos desde Ugíjar por una carretera en mal estado -si es que en los últimos años no ha mediado reparación de la misma- comenzamos el ascenso a varios puertos de esta zona oriental de la Alpujarra y la Contraviesa; de un lado podemos optar por seguir dirección a Yátor evitando en lo posible la carretera nueva y una vez en ésta continuar ascendiendo en dirección a Cádiar para, bien desviarnos a La Alpujarra Alta por Bérchules, Mecina Bombarón y Juviles, bien continuar hasta Cádiar y seguir camino hacia Albondón hasta coronar en el punto más alto que nos permite la carretera: Collado de Canseco, en las inmediaciones de la Venta del Tarugo; de otro lado, podemos optar por adentrarnos directamente en la Sierra de la Contraviesa y seguir dirección a Murtas por Jorairátar para, una vez allí, buscar la Venta del Chaleco camino de Albondón.

Primeras estribaciones del ascenso en la Rambla Seca.

Por si fuera poco, las posibilidades de hacer ruta, como aconsejábamos unas líneas más arriba, son múltiples, así como las de enlazar varios puertos de entidad sin que se dispare en exceso el kilometraje.

Nos encontramos en una zona en la que hay cantidad, calidad y variedad de ascensos, fuertes pendientes, cuestas eternas, pueblos con encanto, alta montaña…

Giramos a la izquierda en dirección a Jorairátar y Murtas, obviando la carretera que continúa hacia Yátor y Cádiar. El firme mejora a partir de este punto.

A continuación proponemos una de esas subidas irregulares, sin fuertes pendientes, pero de larga distancia, de las que merecen la primera categoría por el mero desgaste que supone su ascenso. Y eso que hemos de notar que esta vertiente de Jorairátar y Murtas que corona la Venta del Chaleco es la de menor dificultad de las tres existentes, siendo la sur la más exigente y, quizás, la del embalse de Benínar la más “cicloturista”.

Salvando un primer repecho en mal estado, como decíamos, en que vamos a dejar a nuestra derecha el cruce hacia Yátor por una carretera antigua y tranquila, a partir de la cual el camino se ensancha ligeramente y el asfalto se nos presenta- grata sorpresa- impecable, coronamos un primer altillo tempranero.

Al llegar al río Yator se acaba el primer tramo de descenso y comenzamos un trecho de ascenso bastante constante y con pendientes uniformes.

Su descenso, buscando de nuevo lo profundo de estos barrancos y secarrales tapizados de matorral, almendros y olivos, nos va a situar precisamente en el puente sobre el río Yátor, donde la carretera vuelve a ensancharse marcando claramente dos carriles. Por unos instantes pedalearemos ascendiendo junto al cauce del río Yátor, donde una profusa vegetación riparia aporta un toque de variedad al paisaje. Pronto nos centraremos en buscar una marcha adecuada.

Y es que, si decíamos que la subida era irregular, a continuación nos disponemos a superar el tramo más constante de todo el puerto: se trata de un trayecto de unos siete kilómetros en que la pendiente no va a bajar del 5% y, de hecho, va a seguir una progresión de dureza ascendente hasta aproximarse al 7% de media pasado Jorairátar.

La zona baja de estos valles suele corresponderse con un secarral si no media cultivo.

La carretera abandona la encajonada angostura devolviéndonos la visión de lomas semiáridas, matorrales, olivos y almendros, además del trazado de la carretera que se pierde entre curvas tras la ladera contigua.

Un cambio de dirección merced a una primera y, sobre todo, a una segunda curva de vaguada a derechas nos permite unas primeras vistas de Sierra Nevada y los pueblos alpujarreños.

Abandonamos los barrancos y Sierra Nevada aparece a la vista con algunos de los pueblos alpujarreños encaramados en sus laderas.

Varios cientos de metros más arriba ya aparece a la vista Jorairátar, como cercada por un bosquete de olivos.

La entrada a esta pedanía de Ugíjar la encontraremos en plena curva de herradura a izquierdas. Guardamos una imagen nítida del mismo con la población de frente y, sobre todo a nuestra derecha, recostada en una ladera que se enrisca formando una peña que precisamente es conocida como El Peñón de la Cruz.

Entrada de Jorairátar en plena curva a izquierdas con el Peñón a su espalda.

Como todas las poblaciones alpujarreñas y de la Contraviesa, Jorairátar tiene ese encanto tan típicamente moruno de los pueblos blancos de sierra entremezclado con los estilos posteriores a la reconquista. De este modo, en medio del reluciente caserío descuella su iglesia, originaria de primeros del s. XVII, así como algunas casas señoriales entre las que una, la casa de Doña Loreto, alberga incluso un museo conformado por aperos de labranza y útiles varios.

A partir de Jorairátar el trazado y el paisaje son de lo más atractivo.

Un cartel a la entrada misma de la población nos indica que son catorce los kilómetros que nos restan hasta Murtas (tres más resultarán luego hasta la cima de Venta del Chaleco), por lo que nos vamos haciendo a la idea de que, tras un buen rato ya de subida -aunque intermitente- aún resta mucho para alcanzar la cumbre.

Inmersos en estos pensamientos, casi sin percatarnos, hemos salido a una zona de carretera abierta, abandonando definitivamente las estrechuras de los barrancos. Las lomas se han cubierto de almendros casi por completo, aunque muy distantes los unos de los otros de tal guisa que no es extraño que los matorrales ocupen el espacio medianero hasta que reaparecen los olivos.

Carretera panorámica.

Y, en éstas… una curva de herradura y al punto otra y, entonces, la carretera se escalona zigzagueando ladera arriba. Se trata, quizás, del tramo más divertido de la subida y también del más duro, aunque la dureza no llega a ser excesiva. Hasta nueve herradura hemos contabilizado en poco más de un kilómetro que nos sirven como balcón de la Alpujarra, Sierra Nevada y Sierra de Gádor, con Jorairátar como población más cercana.

Altillo previo al cruce de Cojáyar.

Abandonamos la sucesión de curvas con la carretera convertida en un otero de la comarca y, cerca de un kilómetro más arriba, ganamos un nuevo altillo.

La carretera va a seguir tendencia descendente, aunque no mucho más de medio kilómetro al poco de dejar a la izquierda el cruce de Cojáyar.

Es Cojáyar una pequeña pedanía de Murtas que, en este caso, no vamos ni a rozar, aunque sí que tenemos ocasión de ver desde nuestra posición, con la iglesia destacando entre las techumbres que la rodean datada en el s. XVII.

Ante nosotros la dorsal de la Contraviesa por la que ascendemos cierra el horizonte con la cumbre del Cerrajón imponiéndose sobre el resto de colinas. Trazamos una curva y ahora, a nuestra derecha queda el Peñón de Jorairátar, cabe al cual vamos a transitar en breve al retomar el ascenso, a espaldas ya de la población de la que recibe su nombre.

La subida se retoma abruptamente, sin tiempo casi para descansar la musculatura. Remontamos la rambla de Cojayar que se hunde barranco abajo hasta donde nuestra mirada no llega. Tras varias rampas fuertes alcanzamos un nuevo altillo y su descenso nos deja junto a una construcción típicamente alpujarreña, el Cortijo de La Juliana, justo antes aunque no reparemos en él hasta llegar allí mismo, podemos ver los restos ruinosos del castillo de La Juliana (S. XII) al pie mismo de la carretera.

La rambla de Cojáyar con el pueblo en la parte inferior derecha de la imagen.

Convertida la carretera en una montaña rusa, tras un nuevo repecho de varios cientos de metros, ganamos una bajada un tanto más larga que las anteriores, lo suficiente como para que podamos echar mano del bidón y de algo de alimento de nuestros bolsillos.

Hasta ahora no habíamos reparado en ello, pero en la ladera de enfrente descansa un grupo de casas que forma una nueva aldea hasta la cual nos va a llevar la carretera.

Al poco de cruzar la rambla de Cojáyar con el Mulhacén presidiendo la instantánea.

Llegamos al puente que cruza la rambla de Cojáyar y reiniciamos la subida. Nos encontramos ya en las faldas del Cerrajón, cuya cumbre nos es visible al paso por una nueva vaguada, cuando nos disponemos a encarar la parte final del puerto con casi ocho kilómetros cortados por la mitad merced a un corto descenso que nos deja en Murtas.

Lo cierto es que se trata de unos kilómetros muy agradables, sin grandes pendientes, que permiten incrementar la marcha ante la ausencia de sobresaltos en forma de rampa.

Paulatinamente abandonamos la rambla y la perspectiva empieza abrirse hacia el Este, con la Sierra de Gádor y Sierra Nevada. En primer término en la falda de la ladera más cercana, vemos el Cortijo de la Juliana, donde mismo el castillo, también Cojáyar, como una pequeña perla engastada en la montaña. Y luego ya la zona más oriental de la Alpujarra incluyendo los municipios almerienses de la comarca.

La rambla de Cojáyar desde Mecina Tedel. Al fondo las cumbres de Sierra Nevada.

De frente también aparece un pequeño caserío que ya habíamos atisbado carretera abajo. Se trata de Mecina Tedel.

Entre la reluctante cal de sus fachadas destaca la austera sobriedad del ladrillo visto con que está levantada la iglesia (s. XVII), consagrada a San Fernando. Mecinilla, como también es conocida esta pedanía de Murtas fue otrora destacada productora de seda, merced a la abundancia de morales.

Mecina Tedel antes de llegar a las dos herraduras que dan paso a la entrada del pueblo.

No obstante el acceso a la localidad viene precedido de una dupla de horquillas a izquierda y derecha que nos sitúan en su parte alta. La segunda curva nos regala unas espléndidas panorámicas de las altas cumbres de Sierra Nevada. Al avanzar unos metros, buscamos un lugar para detenernos a contemplar el paisaje toda vez que, ahora sí, se disfruta de una panorámica cuasi íntegra de la comarca y del bellísimo trazado de la carretera. A estas alturas el puerto, sin ser uno de los grandes colosos granadinos, nos ha conquistado.

Murtas con El Cerrajón que lleva su nombre.

Nuestra marcha sigue buscando el extremo oriental del Cerro de la Balsa -siempre entre almendros y olivos- donde podría parecer que acaba el puerto, justo al trazar una curva de herradura a derechas. Pero aquí lo que vamos a encontrarnos es un nuevo altillo.

Al doblar la curva aparece Murtas hasta donde nos vamos a dejar caer sin dar pedales. Era imposible verla desde cualquier otro punto del pueblo, ya que está al abrigo del cerro arriba mencionado y, aún más alto, de El Cerrajón.

Aunque con la bicicleta vamos a transitar siempre por la zona alta de la población y no es necesario adentrarse en el meollo de la misma, sí que nos parece adecuado detenernos en comentar algunos de sus principales atractivos, más allá del encanto natural que posee todo pueblo alpujarreño.

Pueblo de gran encanto y hondas tradiciones. Al fondo sierra Nevada y Sierra de Gádor.

Comenzamos -¿cómo no?- hablando de su iglesia que, como en todos estos pueblos, suele ser el edificio más destacado: datada entre finales del s. XVIII y principios del XIX la iglesia de San Miguel está considerada como uno de los más importantes templos de la comarca. Sus grandes dimensiones, así como la teja árabe de su cubierta la hacen descollar sobre las pizarrosas techumbres de las blancas casas alpujarreñas. En su fachada riman perfectamente las dos torres con campanario de equilibrado estilo neoclásico, mediadas por una pequeña espadaña, también con campana, que remata el tejado de la nave central a la manera de los templos griegos.

Pero hablar de Murtas es hacerlo, sobre todo, de sus costumbres, de su cultura y de su gastronomía, de su cultura: pocos lugares como Murtas para disfrutar del trovo, con ese arte de repentizar (cantar “de repente”) consistente en improvisar canciones (normalmente rimando quintillas) con acompañamiento de instrumentos de cuerda, un peculiar vestigio del folclore popular Alpujarreño (aunque no sólo único de esta comarca española) que probablemente hunda sus raíces en lo más profundo de la lírica popular castellana y que surge en torno a la fista, a la verbena; en cuanto a gastronomía, Murtas destaca sin lugar a dudas por su exquisita repostería, ampliamente celebrada por toda la provincia, con especial predilección por los postres moriscos alpujarreños, pero también despunta últimamente por su producción vinícola, al rebufo de otras localidades más afamadas por sus caldos como la vecina Albondón o Polopos, con las que pugna si bien no en la cantidad de su producción, sí en su calidad.

Abandonamos Murtas para enfilar el tramo final hasta La Venta del Chaleco.

Tras un receso para beber y comer dejándonos embelesar por Murtas, decidimos continuar la marcha para rematar el ascenso en su punto más alto.

Se nota un empeoramiento del asfalto curiosamente en la travesía del pueblo que incomoda el corto descenso que nos resta.

Las faldas de El Cerrajón están cubiertas por un tupido pinar de reforestación que, tras la ingente cantidad de olivos y almendros -aún persisten en la margen izquierda de la carretera-, es una grata novedad en el paisaje. Pronto, además, aparecerán junto a la carretera, cuando doblemos una vaguada a izquierdas y retomemos, una vez más, el ascenso del puerto con una fuerte rampa que muerde las piernas como ninguna otra previa.

De puerto quedan unos tres kilómetros, aunque, tras un cruce a la derecha en que una pista cementada se adentra por el pinar y que llega al mismísimo Cerrajón, la pendiente suaviza hasta situarse en el 5-6% de pendiente media ya hasta coronar.

Los restos de la antigua venta que da nombre al puerto, justo en el cruce de Albondón y Turón.

Todo este tramo final puede hacerse muy incómodo si sopla el viento y, además, la longitud del puerto empieza a pesar en las piernas. Pero la magnífica panorámica de que gozamos compensa cualquier sufrimiento. Arriba ya se atisba el collado en que se ubica la Venta del Chaleco. Bueno, los restos de la antigua Venta del Chaleco, que nadie piense que en la cima puede parar a tomar un refrigerio… El caso es que llegamos a un cruce y la carretera se bifurca en dirección a Albondón y en dirección a Turón siendo que en éste último caso aún quedan unos cuantos metros por ascender, por lo que decidimos continuar hasta el punto más alto de la zona, a casi 1320 m. de altitud.

Desde el cruce de la venta, aún se pueden ascender unos cuantos metros más en dirección a Turón. Aquí las últimas estribaciones del puerto con Veleta y Mulhacén como telón de fondo.

Otra opción desde el cruce de la Venta del Chaleco es la de subir al Cerrajón. Si en principio la carretera se encuentra en mal estado, pronto se convierte en una pista de cemento que nos va a llevar hasta la misma cima de la montaña más emblemática de La Contraviesa, aunque en su parte final existe algún tramo de tierra complejo de transitar sin desmontar de la bici de carretera.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa:

2 replies »

  1. Siempre me he preguntado el por qué de ese nombre. ¿Se llegó a vender el chaleco o no?
    Estupendo reportaje, como siempre.

    • Buenas, Gorgonio.
      Nada hemos encontrado a este respecto. Ya sabes que a veces un nombre peculiar nada tiene que ver en su origen con lo que en la actualidad signifique, así que tampoco podemos hacernos una idea de si allí se vendían chalecos o el nombre es una deformación de otro bien diferente.
      Actualmente existe una “marca” de quesos que lleva el nombre de la venta, aunque su sede se encuentra ya en Lanjarón y no en Murtas, creo que por mero interés industrial o económico. También sabemos que antiguamente existían telares en las aldeas cercanas a Murtas y que se producía seda (actividad otrora muy en boga en la Alpujarra)… pero no hemos encontrado ninguna referencia ni lazo de unión entre el topónimo y la actividad textil.
      Habrá que seguir investigando.
      Un fuerte abrazo.

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