Andalucía Cicloturismo

La doble eme: rutas, altimetrías de puertos de Andalucía… Y mucho más.

Pedro Ruiz, La Manga de Villaluenga.

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Estado del firme:****
Dureza:**
Volumen de tráfico: ***
Consejos y sugerencias: puerto meramente cicloturista para disfrutar en ruta por la Sierra de Grazalema con El Boyar y/o Las Palomas como plato fuerte. Ojo con el viento, ya que puede endurecer notablemente la parte final cuando sopla de cara.

Vistazo atrás una vez nos hemos adentrado en La Manga de Villaluenga.

Dentro de la afamada Sierra de Grazalema, además de los dos grandes puertos que son El Boyar y Las Palomas, encontramos un tercero en discordia de menor entidad, indudablemente, pero con sobrada dureza como para que lo presentemos aquí.
Curiosamente la loada belleza de pueblos como Zahara de la Sierra y Grazalema, que confiere su nombre a toda la serranía de su entorno, eclipsan en cierto modo el encanto de localidades más pequeñas y menos conocidas como Benaocaz o Villaluenga del Rosario y, en menor medida, el del otro gran núcleo de población de la sierra, Ubrique.
Pues bien, mataremos dos pájaros de un tiro al hablaros de este puerto de Pedro Ruiz, puesto que se trata de la carretera que, por La Manga de Villaluenga, viene a unir las dos poblaciones más importantes de estas sierras, Ubrique y Grazalema, transitando por las localidades anteriormente mencionadas en poco más de 15 km. de puerto.

El inicio, como decimos, lo situamos en la villa de Ubrique, famosa por el trabajo de la piel, siendo una de los más importantes productores de marroquinería del continente. Como de costumbre en las poblaciones andaluzas, la ancestral raigambre del pueblo remonta al neolítico -época en la que se datan los hallazgos arqueológicos más antiguos-, si bien la huella de civilizaciones posteriores, como la romana y la musulmana, es mucho mayor. Muestra de lo cual es el yacimiento arqueológico de Ocuri, ruinas hoy día de lo que otrora fue una villa romana en las inmediaciones del actual emplazamiento de Ubrique y la vía que la unía con Ronda la Vieja, vestigios a los que más adelante volveremos a hacer referencia. De los musulmanes, como siempre, lo que salta a la vista es la típica estructura de la población, en concreto del barrio antiguo, con sus callejuelas estrechas, intrincadas y sus casas refulgentes por la cal.
Conventos, ermitas, iglesias, casonas… Son algunos otros de los monumentos interesantes que dejó en el pueblo el paso del tiempo desde la Reconquista en adelante.

El pueblo de Ubrique desde un recodo de la carretera.

La salida de Ubrique se produce por un callejeo bien señalizado y, sobre todo por alguna de las rampas más empinadas de todo el puerto. Alguna curva adorna un trazado que, al poco, nos permite unas hermosas panorámicas del pueblo mientras buscamos la carretera hacia El Bosque. Una vez en dicha carretera no tardaremos en encontrar un cruce a derechas, junto a una gasolinera, que nos llevará en nuestra pretendida dirección.
A partir de este momento cambia la carretera, que se estrecha y se convierte en la típica carretera montañosa de estas sierras, con sus blancos malecones adornando y protegiendo los laterales. Al punto pasaremos junto al desvío de la villa de Ocuri, yacimiento arquelógico que se ubica en el cerro denominado como Salto de la Mora y en el que se data la presencia humana desde la edad del Bronce hasta el período de Al-Andalus, aunque los restos principales corresponden a la época romana (murallas, columbario, termas, foro y varios aljibes). La pendiente desde hace ya un buen número de metros se ha instalado en torno al seis y siete por cien con puntas ligeramente superiores. Pero la principal característica de la carretera será su bellísimo trazado, que pronto nos regalará una sucesión de curvas de herradura.
Quizás el lector pueda recordar este puerto porque ha sido usado comúnmente como vía de descenso hasta Ubrique en alguna que otra etapa de la Vuelta Ciclista a España, deparando siempre un gran espectáculo por sus características técnicas.

Bella estampa de Benaocaz, donde acaba el tramo de mayor dificultad del puerto.

Tras las curvas ganamos un primer colladito justo después del cual, a nuestra derecha, barranco abajo, divisaremos los más altos caseríos de Ubrique, bien profundo. Mientras un descansillo da alivio a nuestras piernas, de frente en esta ocasión, aparece la villa de Benaocaz, perlado caserío engastado en la roca viva y festoneado por praderas que palidecen en agraz antes de marchar la primavera, pasto en cualquier caso de abundante ganado bovino, caprino y ovino. Acabado el descansillo, un kilómetro al 7% culmina en una abierta paella a derechas que nos sitúa a las puertas de Benaocaz para concedernos un nuevo descanso.

Esta gema que se alza en el regazo de la Sierra del Endrinal fue declarada Bien de Interés Cultural como Conjunto Histórico Artístico allá por 1985, lo que da una clara idea del encanto de este pueblecito de poco más de 700 habitantes a quien no haya tenido ocasión de visitarlo.
Fenicios, celtas, iberos, romanos dejaron testimonio de su presencia en la zona, aunque actualmente resulta destacable por su singularidad el barrio nazarí, la zona más antigua de todo el núcleo de población, que conserva el empedrado, trazado de calles y restos de viviendas de esta época de dominación musulmana.
Junto a la carretera, a la altura de la parada del autobús, arranca también la vía romana que unía el pueblo con Ocuri, sendero bien indicado y que conserva restos de la antigua calzada.

Aunque no es necesario atravesar el pueblo, nos parece, desde luego, muy recomendable detenernos, aparcar la bici y, siempre que nos sea posible, patearlo.
En un nuevo descenso encontraremos una fuente que nos surtirá de agua para el resto del camino, la segunda mitad del puerto, mucho más cómoda, aunque no inferior en belleza.

Poco antes de adentrarnos en La Manga, un peculiar pelotón ralentiza nuestra marcha.

Tras un kilómetro y medio favorable retomaremos el ascenso poco antes de encontrarnos un cartel que nos anuncia la entrada a La Manga de Villaluenga. Precediendo el cartel nos toparemos con un área recreativa y una curva de herradura a derechas junto a la cual encontraremos también restos de otra calzada que, por las características de su empedrado, podría afirmarse también de época romana, probablemente la vía que unía Ocuri con Lacilbula (Grazalema) y que, más adelante, yace oculta bajo la actual carretera.

Nos adentramos en La Manga.

Pero, como decíamos, nos topábamos con el cartel anunciador precisamente a la salida de una curva de herradura, a la sazón última de todo el puerto. La Manga, según parece, es por sus característica, una suerte de valle glacial que media entre la Sierra del Caíllo y la de las Viñas, constituyendo un pasillo natural de varios kilómetros por el que han transitado las diversas civilizaciones que han ocupado la zona en el correr de los siglos. La roca o, mejor dicho, las cuevas que la horadan por doquier son hoy día locuaz testigo en sus pinturas de los asentamientos humanos que nos sugieren a la vez dichos desplazamientos.

Emparedados por la montaña -se puede acceder andando a un mirador que asoma a la izquierda de nuestras cabezas- la carretera se abre paso hacia La Manga por un fuerte repecho hasta que, introducidos en el valle, la pendiente se relaja.

Avistamos Villaluenga del Rosario. Cómodo camino nos espera hasta el final del puerto.

Largas rectas nos acompañarán ya hasta coronar el puerto, aunque previamente transitaremos junto a Villaluenga del Rosario, el pueblo más pequeño y ubicado a mayor altitud de la provincia de Cádiz. La etimología de su nombre parece clara cuando transitamos junto a la población, dado lo alargado del pueblo, pese a que no cuenta, según hemos dicho, con demasiados habitantes y ello va en consonancia con la alargada orografía de La Manga, sin lugar a dudas.
La guerra napoleónica propició la decandencia y abandono del pueblo, otrora dedicado al trabajo de textiles, y la aparición del contrabando y el bandolerismo con famosos personajes como Jose María “El Tempranillo” o “Pasos Largos”.
Pese a todo, Villaluenga esconde algunas peculiares joyas arquitectónicas, como su famosa plaza de toros octogonal, fabricada en piedra y de fecha incierta, aunque muy antigua, como mínimo anterior a 1792 según documentos de esa fecha en que aparece citada. Además, el excepcional enclave en que se ubica, una de las zonas más bellas del Parque Natural de la Sierra de Grazalema, la convierte, sin lugar a dudas, en una de las más hermosas del mundo.
A día de hoy, junto con el turismo, el sector ganadero y su derivada producción del  queso denominado “payoyo” es la principal fuente de economía de la villa.

Afrontamos los kilómetros finales con una imagen “burtoniana”.

Si embelesados partíamos de Benaocaz, no ha sido para menos el paseo por Villaluenga. El cansancio, ante la falta de solidez de las rampas del puerto, no termina de hacer mella pese a que llevamos más de una docena de kilómetros recorridos. En realidad, la población (o su margen, si no la atravesamos) se pasa en sentido descendente hasta que apenas reste algo más de un kilómetro para coronar el alto, justo cuando abandonamos las últimas casas del pueblo y la carretera traza un giro a la izquierda.
Tampoco entonces la cuesta resultará incómoda, como si el puerto desde que llegáramos a Benaocaz hubiera dejado de ponernos en apuros para permitir que nos dedicáramos al disfrute meramente turístico.

Cima del puerto sin señalización que nos lo indique.

En la cima, una vez coronado el collado, pese a la mencionada ausencia de dureza, nos quedará esa agradable sensación que sólo nos deja el haber superado todo un puertazo.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

Mapa:

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