Andalucía Cicloturismo

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Pico Villuercas desde río Almonte, el camino de Las Acebadillas.

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Estado del firme:***

Dureza:****

Volumen de tráfico:*

Consejos y sugerencias: muy tendido en unos primeros 16 km. que, no obstante, se dejarán notar en el exigente camino cementado de Las Acebadillas. Hay que tener calma si el viento sopla de cara en el valle del río Almonte, ya que un agradable paseo puede convertirse en una tortura previa a los empinadísimos kilómetros finales.

El camino de las Acebadillas es una pista cementada que en pocos y empinados kilómetros nos lleva hasta la base del Pico Villuercas. Foto de Franci García.

Al atravesar el puente sobre el río Almonte iniciamos la subida a este puerto remontando, primeramente, el valle excavado por aquél. El afluente del Tajo, nacido de las faldas del Villuercas, goza de buen caudal merced a los numerosos arroyos que lo alimentan y llega a esta altura tras regar las localidades de Roturas y Navezuelas, pequeños emplazamientos –los núcleos de población suelen serlo por estas sierras- hacia los que vamos a dirigir nuestras pedaladas en las primeras estribaciones del puerto.

El puente sobre el río Almonte da inicio a la primera parte de este larguísimo ascenso. Foto de Franci García.

Un primer repecho nos sitúa en un cruce que tomamos a la derecha, obviando la hermosa localidad de Deleitosa, hasta que coronamos un altillo, siempre de pendientes próximas al 6%. La visión de peñas que se erizan hacia el cielo -no sin abundante vegetación en sus laderas, incluso en época estival- nos va a sobrecoger desde el inicio y aún más el que sobre una de ellas aún se alzan ruinosas las torres de la fortaleza almohade de Cabañas (s. XII). El pueblo, en cambio, no es visible por encontrarse en la ladera opuesta de la montaña.

Sobre la peña aún se yerguen las torres en ruinas del castillo. Foto de Franci García.

Tras poco más de un kilómetro de ascenso encontramos un descansillo en que, pese a la pendiente descendente, nos veremos obligados –sobre todo tras dejar a un lado un área recreativa, a dar pedales para mantener una velocidad adecuada.

Aunque inicialmente el curveo estará presente, lo cierto es que pronto vamos a tomar una dirección concreta, la sureste, remontando el curso del río. Los dos flancos del valle se acercan entre sí a nuestra vista hasta que ambas laderas chocan entre elevadas crestas donde, reconocible siempre por sus antenas, se alza la cresta del Villuercas, techo de los Montes de Toledo con sus 1.601 m. de altitud.

Nos disponemos a remontar el valle del río Almonte con el Villuercas al fondo. Foto de Franci García.

Muy lejana aún y, sobre todo, muy alta, prolongado será el camino que nos queda por recorrer hasta su cumbre.

Para empezar, la pendiente torna nuevamente cuesta arriba camino de Roturas. Hay que decir que esta parte del ascenso será tan larga como tendida, hasta el cruce del camino de las Acebadillas nos separan un total de 12 km. de pendiente muy sosegada, siempre entre el tres y el cinco por cien. Rara vez nos toparemos con alguna rampa más seria y tal será, precisamente, el caso de la entrada a Roturas, donde un anecdótico repecho al 11% acelerará nuestras pulsaciones.

La travesía de Roturas ciertamente pintoresca. Foto de Franci García.

Lo verdaderamente importante aquí será la dirección del viento, ya que en caso de soplar en contra podría endurecernos un trayecto que realmente es muy cómodo.

La pequeña población, entre sembrados y cultivos sorprendentemente integrados en el paisaje, la atravesaremos en unas cuantas pedaladas. Notamos, eso sí, el empeoramiento y el estrechamiento de la calzada en la travesía, estrechamiento que durará unos cuantos kilómetros más.

La vegetación será abundante en las inmediaciones de la carretera. Foto de Franci García.

La carretera prosigue remontando plácidamente el valle entre una variada vegetación compuesta de olivos, vides, alcornoques, castaños… la arboleda es variada y por momentos tupida. A un lado dejamos una fábrica de queso de cabra artesanal, producto típico de la comarca y un placer para degustar con un buen vino de pitarra.

Llegamos a Navezuelas con el Villuercas en el horizonte. Foto de Franci García.

Con la erizada cumbre del Villuercas en un horizonte cada vez más cercano llevamos nuestras pedaladas hasta Navezuelas. De población algo más nutrida que Roturas de Cabañas, el pueblo aún conserva restos de la arquitectura tradicional de la zona a base de piedra y madera –las balconadas recuerdan muy mucho a las castellanas-, aunque tendremos que salirnos de nuestro curso para contemplarlos. Charcutería, lácteos, miel… aquí aún se vive de lo que el terruño y sus labores producen. Y lo cierto es que todo lo que produce está muy rico.

Carretera en obras. A día de hoy ya finalizadas. Foto de Franci García.

Tras refrescar el gaznate en una de las muchas fuentes que encontraremos, abandonamos Navezuelas con un descenso en la pendiente que, de por sí, ya era cómoda. Los siguientes kilómetros, de aproximación al camino de Las Acebadillas, habrían sido un mero trámite de no ser porque nos encontramos la carretera en obras y hubo que recorrer un tramo de tierra, tramo que hoy día ya está perfectamente asfaltado.

Empiezan los tres kilómetros de las Acebadillas ¡Sálvese quien pueda! Foto de Franci García.

Poco antes de coronar el puerto de Berzocana nos vamos a topar con el ansiado y temido cruce de Las Acebadillas. Su pavimentación, de cemento estriado en muy buen estado, costó casi cincuenta millones de las antiguas pesetas -según un panel informativo de la Junta de Extremadura a la entrada del camino-, y como viene expresado en esta moneda intuimos que lleva ya una década transitable.

La pista nos va a llevar en tres kilómetros hasta el collado de Ballesteros (1.418 m.) y es por ello que, como quiera que nos encontramos a poco más de 1.000 m., se presumen unos tres mil metros de verdadero infarto, concretamente al 13,2% de pendiente media.

Pronto encontramos un cartel que nos indica 15% de pendiente que, por fortuna se va de largo en lo que a pendiente media se refiere, aunque no será así en lo relativo a la máxima.

El primer kilómetro es algo más llevadero dentro de lo que cabe. Foto de Franci García.

Lo curioso es que, aunque la cuesta se ha empinado notablemente y las rampas alcanzan el doble dígito con presteza, aún disfrutaremos de algún punto de descanso, breves respiros que nos hacen temer que el tramo restante debe ser aún peor de lo previsto.

Remontamos por una ladera cubierta de castaños con la cumbre del Villuercas sobre nuestra cabeza.

Nos sorprende gratamente la abundante vegetación… Castaños y helechos. Foto de Franci García.

Mientras aún podemos apartar la mirada del suelo, el entorno consigue embelesarnos con facilidad. No nos resulta extraño, viendo los tupidos bosquetes y los altos canchales, que estos parajes estén habitados por una variada fauna. Así, el cielo se ve surcado con frecuencia por aves de pequeño y gran tamaño: aviones, roqueros, golondrinas, acentores, águilas y búhos reales, buitres leonados, etc. Destacando entre todas una rareza como la cigüeña negra, ave en peligro de extinción, que tiende a construir su nido en los roquedos más inaccesibles; más difíciles de ver resultarán los mamíferos que, en cualquier caso, están muy bien representados en número y en variedad: corzos, ciervos, jabalíes, zorros, tejones, gatos monteses, entre otros, encuentran su perfecto hábitat en estos Lares.

Cuando empiezan las herraduras nos echamos a temblar. Foto de Franci García.

Continuamos por una cuesta que se vuelve cada vez más hostil en el punto en que empiezan a sucederse –siempre muy lentamente, como todo por aquí- las curvas de herradura. Ahora es cuando el camino de Las Acebadillas muestra toda su crudeza. De nuestro estado de forma dependerá que sus rampas caven nuestra tumba o, sencillamente, que nos resulten un calvario.

Apartarse las molestas moscas de encima será una dificultad añadida a la escalada. Foto de Franci García.

No completaríamos el listado de “fauna” del puerto si no mencionáramos a un molesto habitante de estos parajes: la mosca. Como si no tuviéramos poco con la extrema dureza de las rampas, una legión de moscas nos “atacarán” sin tregua hasta hacernos perder los nervios. Para ellas debemos ser como el vulgar ganado. Y lo peor es que a la escasa velocidad que somos capaces de desarrollar, apenas sí podemos soltar la mano del manillar para apartarlas sin perder el equilibrio y caer al suelo. Su asedio, en definitiva, añade un punto extra de esfuerzo, si es que no nos hace perder los estribos.

La cima del Villuercas es un auténtico canchal. Foto de Franci García.

Sorprende también la humedad del lugar, que se traduce en una frondosa vegetación. A la mencionada arboleda hay que añadir la abundancia de helechos y de matorral.

Al trazar, con mayor o menor destreza, las herraduras a izquierda nos deleitaremos con la visión del valle del río Almonte; tras las curvas a derecha, por el contrario, veremos cada vez más cerca las antenas que hacen cima en el Villuercas.

La gruesa capa de cemento asegura el mantenimiento de esta pista durante años. Foto de Franci García.

A medida en que la escalada –pocas veces esta palabra se ajusta tanto a la práctica del ciclismo- gana en altura el canchal gana terreno sobre la vegetación hasta invadir puntualmente incluso la calzada. Los agentes erosivos han desarrollado  en este lugar un notable trabajo a lo largo de los milenios y lo cierto es que le han proporcionado una austera y salvaje belleza de la que aún no hemos hecho más que empezar a disfrutar.

Las antenas cada vez más cerca, aunque aún nos resta mucho por sufrir. Foto de Franci García.

Con rampas sin tregua en las que menos del 15% de inclinación ya supone un descansillo, con un hormigón que parece querer agarrarse a la goma de nuestras ruedas, nos aproximamos hasta el collado de Ballesteros, donde se acaba el camino de cemento y las rampas constantes a una media superior al 14%. Y no será hasta la salida de una curva a derechas al 19% y una postrera recta que se sitúa al 20% -¡despedida por todo lo alto!- cuando lleguemos al mencionado collado donde también se sitúa el empalme con la carretera que viene desde Guadalupe.

Última herradura, sobran las palabras. Foto de Franci García.

Esta carretera merece una mención en estas líneas, ya que su estado actual es deplorable debido a un total abandono del titular de la misma. Una verdadera pena ya que, aunque carece de la dureza extrema y compacta de Las Acebadillas, se trata de un puerto de una belleza sobresaliente y una longitud y dureza dignas de tener en cuenta. Además, lo convertiría en un puerto natural –de paso- más que interesante para pruebas ciclistas con posible final en Guadalupe.

Cruce de la carretera de Guadalupe, cambiamos el cemento por asfalto rugoso y, en ocasiones, lamentable. Foto de Franci García.

Al llegar al cruce, pues, de la carretera de Guadalupe debemos girar a la derecha para seguir subiendo hasta el Villuercas.

Baja la pendiente y nos deleitamos con el precioso valle que hemos remontado. Foto de Franci García.

La carretera hasta el pico es bien diferente a la que hemos traído y más parecida a la que acabamos de mencionar. De momento la pendiente ha descendido a un gradiente que podríamos considerar “humano”, por lo que el corazón, que hace unos instantes parecía estar a punto de salírsenos del pecho, comienza a latir más despacio. Por otra parte, pronto empezaremos a echar de menos el excelente hormigonado de la pista de Las Acebadillas, porque el asfalto está rugoso de inicio y, lo que es aún peor, muy deteriorado su parte final.

Como es natural, a mayor altitud, mejores vistas. Foto de Franci García.

Por lo menos, nos contentamos con el alivio de las rampas y, sobre todo, con las excelentes vistas, no sólo del valle del río Almonte, sino de otros completamente paralelos a éste por ambos lados, hecho en que reparamos ahora debido a la altitud que nos hemos ganado y que nos permite una visión panorámica más extensa.

Casi como una obsesión buscamos la cima: Después del sufrimiento pasado, no estamos dispuestos a quedarnos con el regusto amargo de no hollar el Villuercas. Pero aún restan varios momentos de dificultad, ya que su cumbre no caerá tan fácilmente: habremos de superar rampas de hasta el 15% y el 17%, ya en la rampa final, con un asfalto roto que apenas sí deja una estrecha vía de rodadura entre baches y piedras.

El deteriorado asfalto apenas sí nos deja trazada para las finas ruedas de nuestra bicicleta. Foto de Franci García.

Llegamos a las instalaciones militares, abandonadas según parece, a las que una valla impide el paso, aunque todavía podemos trazar una herradura a izquierdas por cemento y subir un poco más camino de un helipuerto. También una valla nos impide acceder hasta el punto más alto. Sólo caminando logramos subir hasta el vértice geodésico.

Abajo Guadalupe, localidad que da nombre a estas sierras. Foto de Franci García.

Desde arriba las magníficas vistas de 360º nos harán olvidar que hace tan sólo unos minutos hemos estado cerca de la extenuación.

GALERÍA FOTOGRÁFICA (fotos de Franci García).

Mapa:

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