Altimetrías

La Marta por Bustantigo, oro de 24 quilates.

Estado del firme:***

Dureza:****

Volumen de tráfico:*

Consejos y sugerencias: llevar los bidones cargados, pues no hemos visto fuente durante el ascenso (sí hay bajando La Marta hacia Allande); paciencia y los sentidos prestos para disfrutar de esta maravilla hecha puerto.

Uno de los grandes colosos de la geografía ibérica. Aquí recién acabados los dos km. más exigentes del ascenso.

Muchos son los parámetros que revelan la magnitud de un puerto de montaña y, en nuestra opinión, sólo de uno adolece este coloso astur. Pero no queremos empezar, precisamente, hablando de un puerto así por el único punto débil -si es que se puede denominar de esta manera- que se le puede achacar. Quizás, después de todo, ni siquiera sea un dato tan relevante.

Empecemos, mejor, ubicando el puerto dentro del Principado. En alguna otra entrada ya hemos hecho referencia a las bondades del “Occidente astur”: Valvaler, Connio, Acebo, Chao de Arqueira, El Palo, Valdeferreiros o Pelliceira, entre otros muchos puertos, suman belleza a raudales y dureza para regalar. Pues bien, el que se lleva la palma, en nuestra opinión, es el puerto (o alto, como suelen indicar los carteles en Asturias) de La Marta por Bustantigo, el que quizás sea -según hemos constatado entre nuestros colegas asturianos- del puerto de paso más duro de Asturias.

Se trata, efectivamente, de uno de esos “puertos Tour”, que es la denominación que se da a los grandes colosos que por distancia, desnivel y pendiente suele emplear la carrera gala en sus etapas reinas. A alguna vertiente del mítico Croix de Fer se nos semeja por la dureza de sus rampas y también por sus descansillos, aunque la parte final del puerto astur sea más benévola y la altitud sea poco menos de la mitad.

Aunque en su tercio final suaviza, se trata de un puerto con

Desde el concejo de Villayón hasta el de Allande, por Lendequintana y Bustantigo, una estrecha carretera serpentea remontando los montes a base de fuertes y constantes pendientes. 25 km. desde el inicio del ascenso en puente Polea -de los que prácticamente doce superan el 9 % de pendiente media-, 1500 m. +/- de desnivel acumulado… incentivos que nos depara el camino hasta la cima de La Marta.

El inicio del puerto se sitúa en las inmediaciones del río Navia (que no llegamos a ver en ningún momento), en pleno Concejo de Villayón, allí donde la A-35, a su paso por el río Polea, encuentra una bifurcación hacia Lendequintana y Pola de Allande. Al tomar la salida atravesaremos de inmediato un puentecillo estrecho, punto en el que situamos el comienzo inequívoco del puerto.

Iniciamos el puerto, pocos metros después de pasar por el río Polea.

Y es que desde el momento en que cruzamos el río Cabornel, de cuyas límpidas aguas dan fe la presencia de truchas, la carretera se va a empinar sin dejar tregua hasta la salida de Lendequintana, a poco más de 5 km. del río.

Si hemos comentado que el ascenso es irregular, nos referimos a la presencia de varios descansillos largos camino de la cima, con descensos bastante pronunciados, pero lo cierto es que cuando la carretera tiende a subir -sobre todo en los dos primeros tercios del puerto- lo hace de forma prácticamente constante, por medio de pendientes muy uniformes y, sobre todo, bastante elevadas: la burbuja de nuestro clinómetro tiene querencia a rozar la muesca del 10%, rara vez superándola, eso sí.

Copiosa vegetación en el inicio del puerto.

Abuntante vegetación riparia, como corresponde al verdegal que es el Principado, y que vamos a contemplar desde la posición privilegiada que nos conceden con prontitud las fuertes pendientes ascendentes.

El buen firme permite rodar con facilidad -o no pone trabas, por mejor decir- y la pendiente estable facilita la adquisición de una cadencia estable, sin cambios de ritmo.

Nuestra experiencia (y nuestra forma física) recomienda abusar de coronas muy dentadas, pese a que -como ya hemos dicho- ralean las rampas exageradas.

Primera herradura del trazado. Aflora la roca entre la vegetación.

Acompasadas la cadencia y la respiración, nos quedan la paciencia y el disfrute. Para la primera veníamos mentalizados al estudiar los perfiles de nuestros colegas; pero para el segundo, por más que uno había leído sobre el puerto y sobre la zona, por más que nos habían contado, por más que habíamos revisado multitud de fotografías… para esto no estábamos realmente preparados.

Es difícil que algo para lo que te has generado unas grandes expectativas consiga estar luego a la altura de las mismas. Pues el de La Marta es uno de esos casos. Podéis hacer la prueba, si creéis que con nuestras palabras caemos en el halago fácil o nos dejamos llevar por una impresión errónea… son muchos ya los puertos que hemos transitado como para no darnos cuenta de que estamos ante uno fuera de lo común. Quizás la expresión francesa Hors Catégorie (“fuera de categoría”, que en España solemos denominar categoría especial) se ajuste como anillo al dedo para describir este auténtico puertarraco.

Desde el inicio el puerto cumple con creces las altas expectativas que sobre él nos habíamos creado.

Confesamos incluso cierto nerviosismo antes de su inicio, lo normal antes de afrontar cualquier gran empresa, mas no así antes de un puerto. Mas el nerviosismo, por suerte, se disipa más rápido que la niebla que cubre el valle, tan pronto como empezamos a dar pedales, y es entonces cuando estamos a merced de nuestras fuerzas. Gestionarlas resulta clave para doblegar un coloso de esta envergadura.

Pero volvamos al inicio, a la rampa constante, a nuestra cadencia. En poco más de 300 m. nos vamos a topar con una primera herradura -tampoco es que el trazado sea especialmente sinuoso- donde aflora una laja de roca caliza, hasta ahora oculta bajo el verde manto de frágil apariencia que colorea las laderas colindantes.

Vamos dejando el valle al fondo y las vistas cada vez serán más amplias.

Abandonadas las profundidades del valle, como siempre, toca gozar de una cada vez mayor perspectiva del mismo. Se trata, en efecto de un puerto muy escénico, aunque si las panorámicas nos parecen ya soberbias, lo que vamos a necesitar más arriba no serán fuerzas, sino un diccionario para atinar con las palabras adecuadas para su descripción.

La arboleda está presente en este inicio de puerto, aunque no especialmente tupida. Nuestro lento pedalear nos conduce en dirección sur, sureste, dejando en todo momento el barranco a la derecha, un salto que, si bien de inicio no parece gran cosa, cada vez nos va a ir imponiendo más respeto por la estrechez de la carretera y  por la verticalidad más acentuada de la caída.

Zona algo más tupida del pinar.

Un ralo pinar nos permite ir contemplando la carretera a media ladera mientras zigzagueamos entre los pliegues de la montaña. Tras uno de estos giros, en un collado bosque arriba, aparecen las viviendas de Lendequintana. Pasamos bajo unos cables de alta tensión que trepan la montaña por una suerte de cortafuegos. El claro del cortafuegos nos permite discernir la carretera hasta en dos puntos distintos: lo cual significa que se vienen herraduras.

Y, en efecto, afrontaremos una primera a izquierdas y otra, unos seiscientos metros después, a la derecha -con unas excepcionales vistas-, sin que por ello se perciba cambio alguno en la pendiente de la carretera que mantiene una sorprendente constante durante todo este tramo.

Arriba ya asoman las viviendas de Lendequintana.

Ahora sí enfilamos un tramo bastante lineal hacia Lendequintana próximos a la cuerda de la montaña. Casi imperceptiblemente la pendiente va a descender hasta el 9% de media. Será por ello o por la visión de la población cercana (en realidad aún nos resta más de un km.) que nuestro pedaleo se vuelve más animoso.

Al pasar por tercera vez bajo el cableado es inevitable echar una mirada hacia abajo. Parece mentira cómo hemos ascendido tanto en tan poca distancia… Pero, sobre todo, parece mentira que no hayamos completado aún ni cinco km. de puerto… Y lo que nos queda.

El hueco en la vegetación que abren los cables de alta tensión nos permite ver el trazado ladera abajo de la montaña.

Desaparece la arboleda. Lendequintana se distingue perfectamente entre huertas bien parceladas: muretes de piedra acompañan nuestro pedalear hasta que, por fin, alcanzamos la población. Flores, fachadas de negra piedra, techumbres de pizarra, algún que otro hórreo… todo el encanto de la Asturias rural condensado en unas cuantas viviendas.

Lendequintana. Pequeño y hermoso caserío a cuya salida encontramos merecida tregua.

A la salida del pueblo un camino cementado nos lleva a la ermita de San Andrés, cuya festividad se celebra el primer fin de semana de septiembre con el reparto del bollo preñao o el rapón (torta de maiz con tocino y cebolla) entre otras actividades.

La pendiente, en este punto, tras poco más de 5 km. nos da tregua, al fin, en forma de falso llano durante varios cientos de metros que nos van a saber a gloria.

Tras el cruce… otro kilómetro de propina.

Nuestro gozo en un pozo cuando ya pensábamos que encontraríamos el primer tramo de descenso y vemos que, al pasar junto al cruce de Bustefollado, la carretera se vuelve a empinar. Y nada de bromas: otro km. al 9% de media, que parece ser que es lo mínimo que se despacha en este puerto… Increíble la facilidad con que la carretera se empina: una rampa mantenida al 12% es quizás el tramo más duro que hemos superado hasta ahora… menos mal que la ansiada bajada llega, sí, al coronar un impresionante altillo con unas vistas de quitar el hipo.

En el altillo se abre un barranco y comenzamos un imponente descenso hasta el río Bardoira.

En este altillo vamos a dar por concluida esta primera parte del ascenso que nos ha resultado cualquer cosa menos anodino. Antes de comenzar el descenso nos vemos movidos a realizar un alto para tomar algunas fotos impresionados por un magnificente paisaje.

Como una cabra montés trepa por el corte vertical de una roca combatiendo las leyes de la física, así la carretera parece encaramada a las paredes del barranco frente a nosotros, ojipláticos y boquiabiertos.

Impresiona la carretera encaramada en la ladera.

Bajando nos topamos con unas fuertes rampas y alguna peligrosa curva. Pronto, además, el asfalto -en perfecto estado hasta ahora- lo vamos a encontrar algo deteriorado, rugoso y bacheado. Quizás el tramo más incómodo del puerto sea este raudo descenso hasta el arroyo Baradoira, ya que, aunque haya peores tramos en ascenso y nos pesen las piernas, subiendo no existe sensación de peligro.

Al punto de cruzar el arroyo por un pequeño puente nos vamos a encontrar una herradura a izquierdas y la rampa más potente de todo el ascenso. Hasta un 17% nos nos marcó nuestro clinómetro en este punto, que a la postre no será más que el nuncio de lo que se nos avecina.

Puerto escénico y duro a partes iguales.

En efecto la primera rampa es el aviso del duro tramo que sigue. No, no habrá otra parecida, pero entre lo rugoso del asfalto y que la cuesta se va a situar en unos porcentajes elevados, nos vemos afrontando ya el que será objetivamente el más duro tramo de todo el puerto con dos kilómetros que sobrepasan claramente el 10% de pendiente media. Sumémosle el estado del asfalto, rugoso, de los que agarran, el peso de los kilómetros previos… y el cóctel estará listo y servido.

Zigzaguea la carretera por la ladera, como veíamos desde el descenso previo, ofreciéndonos vistas hacia el interior y el exterior del barranco, a cada cual más hermosa. A fuerza de riñones salimos de este bostezo de vegetación y roca por una carretera que busca y encuentra el cielo en un nuevo altillo.

Salimos del barranco en pos de un nuevo altillo.

Ya desde el anterior altillo el barranco, que al inicio del puerto se situaba normalmente a nuestra diestra, se ha ubicado a la izquierda de nuestra marcha, excepción hecha de una recta tras herradura a derechas, pero al llegar a este nuevo alto y asomarnos desde el quitamiedos nos encontramos con una panorámica aún más soberbia de todo el entorno. Si no lo hemos hecho durante la inacabable recta anterior, es momento de deleitarse con un alto en el camino.

Rápido descenso hacia Bustantigo.

Tras el alto, descenso rápido camino de Bustantigo. Desde el Baradoira hemos abandonado el Concejo de Villayón para penetrar en el de Aller ya hasta la cima del puerto, por lo que Bustantigo pertenece ya a este último Concejo.

Nos disponemos ahora a remontar el valle del río del Oro, cuyo nombre no es casual, ya que obedece al hecho de que las montañas del valle estén repletas de los restos de antiguas minas auríferas de origen romano, así como de los vestigios de sus vías y castros. Las llamadas fanas (quizás de la raíz celta *fan “en declive, pendiente”) o freitas (variante astur-gallega de “flecha” con el significado de “brecha” o “hendidura” o directamente como sinónimo de fana) -incluso encontramos ambas a la vez en el posible tautónimo de la conocida Fana das Freitas en el vecino puerto del Palo- son los restos provocados por la técnica minera practicada por los romanos con la denominación de ruina montium y que se muestran a la vista claramente desde la carretera en lo que al ojo profano podrían parecer más bien simples barranqueras de lasca grisácea en la ladera de la montaña.

Casas dispersas de Bustantigo. A la izquierda, en las laderas los restos de las antiguas minas de oro romanas.

El propio lugar de Bustantigo se ubica prácticamente al pie de una de estas fanas, aunque a nosotros no nos es posible discernirla.

Al pasar por la población se acaba paulatinamente el descenso para retomar otro -no podía ser menos- duro tramo de ascenso.

De nuevo para arriba. La pendiente va “in crescendo” hasta situarse nuevamente próxima al 10%. El asfalto rugoso y, por momentos, bacheado.

Si nos referíamos al anterior como el “objetivamente más duro”, quizás hayamos de referirnos a este como el “subjetivamente más duro”. Motivos, varios: en primer lugar, porque este tramo se suma al anterior, con lo que conlleva de dureza acumulada; en segundo lugar, porque la carretera sigue siendo muy rugosa y agarra que tira para atrás; por último, porque vislumbraremos la carretera montaña arriba en distintos giros sucesivos que nos harán pensar erróneamente que estamos a punto de coronar el puerto… esto último es mentalmente demoledor cuando a nuestro motor se le ha encendido el piloto rojo.

Trazado engañoso. Allí arriba parece que se acaba el puerto… pero sólo lo parece.

Y, sí, las pendientes, que se aproximan al 10%, también hacen su trabajo: casi 3,3 eternos kilómetros a más del 9% de media nos restan hasta coronar el puerto de Bustantigo (“alto” casi siempre en las carreteras y mapas astures).

La tranquilidad de la carretera permite que disfrutemos de este escenario como se merece.

Si es duro el tramo, no es menos hermoso. El valle, con y sin niebla, luce sus mejores galas a nuestro paso… quizás sean nuestros enamoradizos ojos, cautivos de un paisaje de excepcional belleza: a exhuberancia de la montaña astur nos tiene completamente atrapados. La soledad de la carretera, el silencio roto por el batir de alas de las rapaces que a nuestro lado remontan el vuelo despreciando nuestra insignificante presencia. Tan sólo la presencia de los aerogeneradores en la cumbre de la montaña enturbian la magia del momento.

El bellísimo valle del río Oro visto desde la cumbre del Alto de Bustantigo.

Precisamente los aerogeneradores habrán de servirnos de referencia, pues en la cumbre del puerto de Bustantigo nos pondremos a su altura. De esta manera procuraremos no dejarnos engañar por esos “falsos” altos que hemos mencionado.

La cima, perfectamente indicada por el cartel del puerto, la encontramos en cerrada curva a derechas y, al poco a la derecha, la entrada al parque eólico de Carondio y Muriellos.

Llegados a este punto estamos en disposición de considerar el puerto como todo un categoría especial. Sin embargo, aunque media bajada de más de dos kilómetros y un buen tramo de falso llano, el añadido hasta el puerto de La Marta es demasiado tentador como para no incluirlo en la altigrafía, tal y como hacen otros colegas altimetreros.

Desde el alto nos disponemos a bajar hasta El Rebollo para continuar nuestro camino hacia La Marta.

Así pues, lejos de darnos la vuelta aquí, nos dejamos caer hacia El Rebollo animados por una carretera que nos vamos a encontrar en perfecto estado desde poco antes de la cima.

Al igual que en los anteriores descensos, la pendiente en bajada vuelve a ser fuerte, por lo que la bicicleta gana velocidad sin que necesitemos impulsarla con nuestro pedaleo.

Hórreo a la salida de El Rebollo.

No obstante, la presencia de ganado en la cima nos hace ser precavidos en el descenso que tampoco cuenta con curvas malas salvo, quizás, a la salida de El Rebollo, un caserío de apenas un puñado de viviendas perteneciente a la Parroquia de Santa Coloma, ubicado justo antes de llegar al puente que nos sitúa en el inicio del último tercio de este puerto.

Esta última parte del ascenso es la más llevadera de todas siempre, claro está, que no venga a soplar el viento para frenarnos, incomodarnos o poner en peligro nuestra integridad. Recordemos que si hay un parque eólico en la zona, será por algo, ¿no creen?

Camino del Collado de Las Labradas echamos un vistazo atrás.

En cualquier caso, tras pasar sobre el arroyo de La Cabra, a modo casi de despedida, un último kilómetro se eleva para torturarnos. Es cierto que veníamos viendo la carretera desde el descenso y nos parecía muy empinada (a veces esto no es más que una apariencia provocada por algún tipo de efecto óptico, según tenemos comprobado en infinidad de ocasiones), pero no pensaramos que fuera para tanto… Que el kilómetro en la altimetría apenas supere el 9% se debe a que se inicia aún en el descenso, porque si nos atenemos a la mera subida… seguro que está más próxima del 10% que del 9%.

Nótese además que a unos 300 m. de coronar el repecho (en los mapas aparece como “Collado de las Labradas”), encontraremos una bifurcación. Nosotros giraremos hacia la izquierda por una nueva variante que, por si no teníamos bastante, se va a situar en un 11% constante, con alguna punta ligeramente superior. También podríamos seguir por la derecha, aunque añadiríamos unos cientos de metros más al puerto.

Los kilómetros finales, sin viento, sencillamente para gozar.

Al coronar el altillo, nuevo cruce. A la derecha nos señalan nuevamente el camino a Bendón (por donde una bellísima carretera empalma a fuerza de duras rampas con la subida al puerto del Palo), pero nosotros giraremos a la izquierda hacia el Puerto de la Marta.

Si tenemos la suerte de transitar por aquí en un día sin viento, lo que nos queda de ascenso nos parecerá una de las mayores gozadas. Es como la guinda que corona el pastel. Un premio a todo lo sufrido para llegar hasta aquí: un amplio valle surcado por las aguas del río Pumarín y una infinidad de arroyos que le confieren caudal se abre a nuestra derecha, cerrado de frente por la Sierra del Palo.

Sierra del Palo frente por frente con el puerto de La Marta ya a la vista.

Giramos, como decíamos a la izquierda, para ganar un descenso y llegamos a una curva a derechas desde la cual se va a poder atisbar ya la cima de La Marta, frente por frente, hasta donde la carretera va a llegar tras bordear toda la cabecera del río.

Las pendientes no llegan en este tramo ascendente ni al 4%: podemos beber, comer, levantar la mirada, buscar la cima del puerto, escudriñar el horizonte… todo en absoluta traquilidad, sin el constante asedio del tráfico con que nos encontramos en otros puertos más afamados de la geografía astur.

En descenso llegamos al Collado de Santiellos, aunque no lo atravesamos, sino que giramos a la derecha para afrontar los dos últimos kilómetros de puerto.

Cuando más velocidad podemos imprimir a nuestra bicicleta, menor es la necesidad de hacerlo y mayor la de detenernos a capturar una instantánea tras otra.

Un último y suave descenso nos sitúa en el collado de los Santiellos que ve nacer en su falda norte el río Navelgas, mientras que por esta descuelga un arroyo que irá a incrementar el caudal del Pumarín.

Desde el collado serán dos los kilómetros que nos resten hasta la cima, ambos por encima del 6%, aunque en absoluto nos lo pareció cuando los subíamos, acostumbrados quizás a subir por pendientes que merodeaban el 10% unos cuantos kilómetros atrás.

Nos deleitamos observando el tramo que acabamos de superar instantes atrás.

Una última vaguada a derechas nos devuelve la vista hasta el tramo inmediatamente anterior, un mirador convertido en objeto de nuestras miradas.

La carretera irá girando paulatinamente hacia la izquierda en su parte final hasta alcanzar el puerto, ubicado justo en una cerrada curva de herradura. La panorámica desde la cima vuelve a ser excepcional abriéndose hacia el este donde, valle abajo, se encuentra Pola de Allande, cuyas casas se adivinan en las verdes profundidades. En lontananza una cuerda montañosa, cuya denominación escapa a nuestro conocimiento, cierra el horizonte. Tal vez la zona de Somiedo y colindantes.

Pocas cimas hollaremos tan satisfechos como la de este Puerto de La Marta.

A la derecha, sale un camino balizado con la concha. Ello, junto con algún valiente peregrino -si ir en bici nos parece sacrificado, lo de ir a pie por estos lares lo ponemos en un nivel sin duda superior-, nos advierte de que estamos en zona de paso del Camino de Santiago, concretamente en la llamada “ruta de los Hospitales” o “Camino Primitivo”.

Desde la cima, un vistazo hacia Allande con la carretera de El Palo a nuestra derecha.

Ahora, para acabar, volvemos al inicio del texto. Decíamos que este puerto adolecía de uno solo de los parámetros que revelaban la magnitud de un puerto: el cartel de La Marta nos indica 1.105 m, 10 por debajo de lo que marcan los mapas topográficos más modernos. En cualquier caso, 1.115 m. es poca altitud para tanto puerto (de hecho nos sorprende después de tanto y tan duro). He ahí lo único en que no puede compararse este coloso con sus colegas alpinos… A fe nuestra que no le hace falta.

GALERÍA FOTOGRÁFICA.

 

Mapa:

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